Es curiosa la aceptación que tamaña noción ha tenido desde el momento en que el libertario se impuso en las primarias abiertas del 13 de agosto. Como quiera que sea, es conveniente hilar más fino y no dejarse llevar por análisis sesgados.
Si acaso el líder de La Libertad Avanza asumiese como presidente el próximo 10 de diciembre, ello significaría un giro de raíz copernicana en punto a la futura conformación de las fuerzas políticas criollas. Nadie medianamente serio podría imaginar que las consecuencias de la derrota no harían mella en el peronismo -hoy hegemonizado por los K- ni en las filas de Juntos por el Cambio. En el mejor de los casos, se partirían; en el peor, podrían desaparecer.
Milei toparía con un problema serio en el supuesto de que delante de su administración, y pese a la pobre performance electoral de sus competidores, se recortasen dos alianzas sólidas, sin fisuras y con unos jefes indiscutidos, dispuestos a hacerle la vida imposible al gobierno recién asumido. Sin embargo, el escenario descripto no resiste el menor análisis. Lo más probable es que el espacio justicialista pase a ser una reunión de pares, carente de una voz de mando capaz de ordenarlo. Y no otra cosa sucedería con los cambiemitas. Todo entraría en ebullición, comenzando por los bloques de diputados y senadores que hoy existen.
Los tres candidatos con alguna probabilidad de ganar hallarán, ni bien pongan pie en la Casa Rosada, un país deshecho y unas dificultades pocas veces vistas para gerenciar los asuntos públicos. Javier Milei, Patricia Bullrich y Sergio Massa, indistintamente, deberán poner en práctica un ajuste descomunal y encarar reformas estructurales inéditas entre nosotros. Eso es cuanto los iguala, más allá de sus diferencias ideológicas. Pero -prescindiendo de considerar lo que piensan hacer- si triunfase Milei nada sería igual para el peronismo y para Juntos por el Cambio. Una y otra corriente estarían obligadas a barajar y dar de nuevo por una razón elemental: habría cambiado la relación de fuerzas y el terreno que pisarían semejaría un hormiguero pateado.
A cinco días de que se substancien los comicios, las incógnitas abiertas a partir del sorprendente resultado de las PASO siguen más vigentes que nunca. A riesgo de ser redundantes, vale la pena recordarlas: 1) ¿Ganarán los libertarios sin necesidad de extender el suspenso hasta el 19 de noviembre? 2) ¿Cuál de sus adversarios se meterá en el ballotage, si lo hubiese? Y 3) ¿Qué peso pueden tener los escándalos que han golpeado a Unión por la Patria (Legislatura bonaerense y Martin Insaurralde) y a Juntos por el Cambio (las grabaciones de Carlos Melconian)?
En cuanto a la primera, ninguna de las encuestas conocidas muestra al presidenciable de La Libertad Avanza orillando los cuarenta puntos y sacándole diez de diferencia a su inmediato perseguidor. De todas maneras, no hubo un solo experto en la materia que en las PASO siquiera mencionara la posibilidad de que aquél triunfara. Y luego pasó cuanto todos sabemos. De la segunda, corresponde decir que los relevamientos hechos públicos en los últimos días varían de tal manera que resulta una tarea destinada al fracaso hacer una predicción conforme a sus números. Hay dos, inclusive, que lo ubican a Sergio Massa al tope de las preferencias de la gente, y una de ellas ha adelantado que Milei saldría tercero. Una vez más, en las encuestas uno puede encontrar el resultado que mejor le convenga. Hay de todo, como en botica. Por fin, qué tanto influirá en el ánimo de los votantes la desvergüenza de determinadas figuras públicas es -de momento- materia insondable.
En paralelo con las incógnitas arriba citadas se abren dos escenarios distintos, según haya o no segunda vuelta. Por de pronto, es tan grave la situación económica y genera tantas dudas la elección que el índice inflacionario acelera sin solución de continuidad, la cadena de pagos se halla suspendida, no hay precios que se pacten en pesos, faltan productos de todo tipo y son pocos los que desean aferrarse a la moneda nacional. El gobierno carece de reservas a fin de intervenir en el mercado y sólo le quedan balas de fogueo para tratar de ponerle un freno efectivo a la suba del dólar. La hiperinflación se recorta con nitidez en el horizonte o se halla a la vuelta de la esquina, según sea el ángulo desde el cual se aborde la cuestión.
Si Milei -el único que tiene esa probabilidad- pudiese obviar las elecciones fi- jadas para el 19 de noviembre, se abriría un compás de espera de casi cincuenta días hasta que Alberto Fernández le calzase la banda y le entregase el bastón de mando. Una eternidad en atención a la fragilidad del panorama económico y social vigente. ¿Cómo transitar un espacio así sin que el disloque en el cual vivimos escale y llegue a topes que la administración saliente no estaría en condiciones de enfrentar? Por eso es que tanto los poderes fácticos como los constitucionales han comenzado a hablar de una entrega anticipada del mando. Para que ello tuviese lugar tendrían que llegar a un acuerdo -al menos, idealmente- las principales fuerzas políticas y, de manera especial, el kirchnerismo y los libertarios. Solución nada sencilla de llevar a cabo; a menos que, claro, la anarquía amenazase llevarse al tinglado social por delante y no le dejase espacio a los protagonistas excluyentes de la política argentina para hacer otra cosa.
Si, en cambio, el 22 a la medianoche quedase firme la segunda vuelta, el escenario sería más complejo aún. Metido en el ballotage ¿a qué extremos estaría dispuesto a llegar el oficialismo con el propósito de conservar el poder? Basta analizar cuanto ha hecho Sergio Massa en su afán de seguir a flote para imaginarlo. Esa misma pregunta también cabría formular si Patricia Bullrich -como dicen en sus tiendas de campaña- le ganase al actual ministro de Economía y fuese ella quien dirimiese supremacías con Milei. En los veintiséis días que transcurrirían entre los dos comicios, y luego hasta el 10 de diciembre, el gobierno podría ser un convidado de piedra sin capacidad para sostenerse, o podría vehiculizar la estrategia condensada en la famosa frase atribuida a Luis XV: “Después de mí, el diluvio”.
Como a la sentencia es dable interpretarla de dos maneras distintas -soy tan importante que mi ausencia generará una catástrofe, o bien lo que suceda en el futuro me tiene sin cuidado- es menester aclarar que al kirchnerismo a punto de abandonar sus privilegios, sin posibilidades de disputar por primera vez en su historia el poder, y con el peor resultado a cuestas en una elección presidencial, desentenderse de los que suceda -por trágico que sea- podría resultarle una salida pertinente. Mejor abrocharse los cinturones de seguridad porque habrá turbulencias ineludibles en nuestro curso de navegación. El pico de la crisis está por llegar.
Vicente Massot


Hay tonterías de bulto que han echado a correr ciertos politólogos y han comprado, sin beneficio de inventario, unos cuantos periodistas, convirtiéndolas en dogmas de fe, o poco menos. La que ha cobrado proporciones de vértigo es esa, según la cual, Javier Milei -dado que, aunque ganase en primera vuelta, apenas sumaría unos cuarenta diputados y no más de nueve senadores- enfrentaría a poco de sentarse en el sillón de Rivadavia una crisis de gobernabilidad.
