Miércoles, 22 Noviembre 2023 11:12

Sin decencia ni eficacia - Por Carlos Berro Madero

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Confesamos nuestra sorpresa y regocijo por el triunfo de los principios sostenidos por John Stuart Mill, uno de los padres de la filosofía que describió el valor de ser libres en el seno de una sociedad.

En su célebre obra “On Liberty” (sin desperdicio), desarrolla, entre otros temas, la regla a la que deberían atenerse los individuos para obtener una vida independiente y feliz, manifestando que “hombres y mujeres deberían ser libres para hacer lo que quisiesen, SIN INTERFERENCIA DEL ESTADO O PARTE DE LA SOCIEDAD, A MENOS QUE SUS ACCIONES CAUSARAN ALGÚN DAÑO A LOS DEMÁS. 

Porque en todo asunto en que la diferencia de opinión es posible, la verdad depende de un balance que debe estar anclado entre las diferentes opiniones que existen respecto de algunos razonamientos conflictivos”.

Pocas palabras para afirmar un concepto breve en un mundo lleno de parrafadas que se pierden como nubes de gas en la atmósfera y que sus predecesores y contemporáneos del siglo XIX, desde Adam Smith hasta William Goodwin y Henry David Thoreau celebraron como un instrumento básico para lograr una buena vida.

Mill agrega en la obra mencionada que “la única libertad que merece ser llamada así es la que persigue el bien personal, mientras no atente contra los derechos de los demás, sin obstaculizar esfuerzos equivalentes por obtenerla para sí”.

Esa es la “marca” liberal que finalmente se impuso al discurso cínico y grandilocuente de Sergio Massa; un apéndice indisimulado del kirchnerismo, dejándonos totalmente enredados en las telarañas de un nacionalismo populista detestable, basado en la arrogancia de ciertas minorías que se asignaron el derecho de salvaguardar la vida y hacienda de la sociedad para “salvarla” de la supuesta depredación de la filosofía liberal, promoviendo un viaje hacia un destino imaginario, “situado en algún lugar cercano a la cima del mundo, en donde los pobres quedan atrapados siempre en una espiral de delincuencia y caos”, como sostenía Zygmunt Bauman.

Massa, un personaje realmente patético y poco inteligente, creyó además que instalando el miedo como consigna a su favor, “saturaría” los hábitos de la sociedad otorgándole los elementos necesarios para perpetuar el círculo vicioso que ha venido cultivando el kirchnerismo desde hace veinte años, tirando –literalmente-, “la casa por la ventana”.

“Se la creyó”, como nos dijeron algunas personas muy humildes con quienes conversamos en estos días.

Fueron años de miseria y frustraciones, en los que sus conmilitones creyeron que podían continuar sometiéndonos “sine die” en orden a sus propios intereses sectoriales, sin flexibilidad alguna para considerar las opiniones de los contradictores, logrando un escenario de inseguridad física, moral y ética insoportables, y provocando en la mayoría de la gente una soledad e impotencia que terminó en el estallido imparable del reciente ballotage.

Adam Curtis, guionista y productor británico de series documentales de la BBC, solía decir que la amenaza real del miedo como instrumento es una fantasía exagerada y distorsionada por los políticos; una oscura ilusión que se ha difundido entre algunos gobiernos del mundo, sus servicios de seguridad y los medios de comunicación, sin ser cuestionada en lo más mínimo por su falta de eficacia final.

Así le ha ido al kirchnerismo finalmente, al haber sufrido la rebelión de quienes no la han aceptado como argumento válido para seguir apoyando a un movimiento corrupto e ineficaz, provocando un estallido que confirmó el éxito de la propuesta de libertad SIN FANTASMAS de Javier Milei.

Queda aún lo más difícil: la instrumentación de políticas prácticas que deberán demostrar su eficacia, obteniendo resultados que confirmen postulados empíricos sostenidos por los regímenes políticos de más éxito en el mundo en materia de desarrollo económico y social.

Ojalá Milei pueda lograrlo; porque si así fuese, se constituiría en el fin de una pesadilla que nos ha envuelto en el encierro y el sometimiento al que nos condenaron centenares de corruptos inescrupulosos que se hicieron ricos y poderosos a costillas nuestras.

Mientras tanto, hemos recordado unos sentidos versos de la poetisa chilena Gabriela Mistral:

“La mesa, hijo, está tendida, en blancura quieta de nata, y en cuatro muros azulea,

dando relumbres la cerámica. Ésta es la sal, éste el aceite,

y al centro el Pan que casi habla”.

A buen entendedor, pocas palabras.

Carlos Berro Madero

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