Era claro que el programa de máxima, que el líder libertario había ventilado a lo largo y ancho del país antes de los tres comicios que tuvieron lugar entre agosto y finales de noviembre, nunca se pondría en marcha. No en razón de que fuera un mentiroso vocacional sino como consecuencia, primero, de las alianzas que debería tejer si quería sentarse en el sillón de Rivadavia; y, enseguida, debido a las limitaciones que la realidad le impone siempre a las teorías, cualquiera que sea su orientación.
En el camino quedaron la dolarización inmediata -idea con la que el presidente electo se había embanderado desde el comienzo de su ingreso al ruedo político-, la eliminación del Banco Central, y la ideología liberal como base para desarrollar la política exterior argentina. El teorema de Raúl Baglini, ese mendocino sobrado de talento, probó una vez más ser a prueba de balas. Javier Milei el domingo 19 a la mañana votó con un plan en la cabeza.
A la noche, en el Hotel Libertador, cuando supo que la ventaja que le había sacado a Sergio Massa era indescontable, tomó conciencia de que -al menos, en parte- el libreto original necesitaba ser reescrito. Esa es una de las razones en virtud de las cuales se han sucedido tantas marchas y contramarchas en estos días. El otro motivo es la notoria improvisación que ha demostrado el núcleo duro mileísta a la hora de definir quiénes formarán el gabinete nacional. Algo que resulta más común de lo que se piensa y que, con las lógicas diferencias del caso, le pasó -entre otros- a Raúl Alfonsín y a Carlos Menem.
Milei, pues, no es la excepción a la regla. Más bien, confirma la regla con la particularidad de que no puede darse el lujo de incurrir en la práctica de la prueba y error, como el radical nacido en Chascomús y el peronista oriundo de La Rioja. Aquél se equivocó de medio a medio poblando su primer gabinete de figuras históricas del partido que fracasaron en toda la línea. Al cabo de dos años tuvo que despedirlos en beneficio de un equipo de técnicos encabezado por Juan Sourrouille. En cuanto al segundo, probó primero con la gente de Bunge y Born y luego con Erman González, sin mayores éxitos. Sólo el arribo de Domingo Cavallo lo salvó del abismo. Tanto Alfonsín como Menem tuvieron el tiempo suficiente para corregir las malas decisiones que tomaron al hacerse cargo del gobierno. El libertario, en cambio, heredará una situación mucho peor que la de l983 y la de l989. El calendario le juega en contra porque, quince meses después de recibir el bastón de mando, se substanciarán los comicios de medio termino.
Es evidente que, en punto a los planes, el que había pensado del derecho y del revés y delineado con solvencia Emilio Ocampo, fue dejado de lado sin demasiadas consideraciones. Pero lo que vino después no fue un guion alternativo —-o si se prefiere, un plan B- elaborado por si acaso se debía cambiar de montura en medio del río. Las idas y venidas que tuvieron como actores principales a Milei, su hermana, el que será su jefe de gabinete, el futuro ministro del Interior, Luis Caputo, Patricia Bullrich y Victoria Villarruel, revelan que no se había planificado, con el debido cuidado, la conformación de los elencos ministeriales. De lo contrario, resulta inexplicable la danza de nombres, renuncias, pasos al costado, amagues y retrocesos de público conocimiento que han protagonizado en apenas diez días tantas personalidades del futuro oficialismo. Más allá de los desencuentros, lo fundamental es que a partir del 11 de diciembre el director de orquesta cuente con todos los músicos que hagan falta, en el lugar que les corresponda desempeñarse y con una partitura clara.
Desde el jueves 7 de diciembre hasta que asuma la presidencia de la Nación, Milei deberá hacer frente a dos pulseadas parlamentarias, a un desafío callejero y a la demanda de varios gobernadores que piden fondos para pagar sueldos y aguinaldos de fin de año. Serán menos de veinte días que medirán su capacidad de negociación, su musculatura y su temple. La disputa inicial tendrá lugar en la cámara alta del Congreso de la Nación donde el peronismo amenaza hacerse fuerte y negarle a Victoria Villarreal el lugar que, por tradición, le corresponde: la presidencia provisional.
No sólo eso, también desea mantener el control de las dos secretarías claves -la administrativa y la de asuntos parlamentarios- y la supremacía numérica en cada una de las principales comisiones de trabajo legislativo. En el supuesto de que prosperase tamaña estrategia, dejaría al descubierto una política beligerante que parece haber comenzado en diputados con el dictamen para el enjuiciamiento de la Corte Suprema.
El segundo encontronazo se substanciará en la cámara baja, donde el oficialismo deberá darle entrada al proyecto de ley ómnibus o conjunto de leyes de reforma del estado que -en caso de salir airoso- lo habilitarán para poner en práctica una parte fundamental de su gestión. Tendrá que sumar a los treinta y siete diputados propios y a los que provengan del ala macrista de Juntos por el Cambio, otros del peronismo y de la UCR.
Tanto en aquella como en esta pelea será decisivo el giro que tomen las discusiones que han dividido aguas en Juntos por el Cambio. Todo hace pensar que primará el criterio de acompañar el plan del gobierno. Cuando menos en un principio, pocos si acaso alguno de los legisladores que no se han alineado con el mileísmo y pertenecen todavía a la bancada cambiemita está pensando en ponerle palos en la rueda a la administración entrante. En su gran mayoría consideran que la gobernabilidad está atada a que el gobierno libertario cuente con el andamiaje jurídico que le permita acometer las anunciadas reformas estructurales. Lo cual no significa que el grueso de los radicales y los representantes del Pro -críticos del paso dado por Mauricio Macri y Patricia Bullrich- vayan a otorgarle un cheque en blanco a Milei.
Antes de las navidades, los días 19 y 20 de diciembre, algunas de las organizaciones sociales más belicosas han convocado a una movilización que -casi con seguridad- se llevarán a cabo en la avenida 9 de julio, para protestar contra la administración recién electa. Dado que Javier Milei ha sido por demás claro respecto de cuál será su política respecto del corte de calles, es evidente que si se lo desafía de tal manera a días de su asunción, su respuesta difícilmente sea contemplativa. Han transcurrido ya tres décadas desde la aparición de los primeros piquetes en el país y todavía nadie ha podido ponerles coto.
Vicente Massot


Así como no hay que tomar sin beneficio de inventario el discurso de los candi- datos, voceado en el fragor de una campaña electoral, tampoco es conveniente alarmarse por los desajustes que, inevitablemente, se producen en cualquier partido ganador entre el día del triunfo y el de la asunción del poder. Lo anterior viene a cuento de lo que ha sucedido con Javier Milei desde la madrugada del pasado día 20 del mes en curso, hasta hoy.
