El próximo domingo Javier Milei recorrerá el camino inverso al del ingeniero que ahora pugna por ser vicepresidente del club de sus amores, Boca Juniors. El libertario tiene en claro que debe dirigirse a la ciudadanía sin medias tintas. Está convencido de que la condición necesaria -nunca suficiente- para que su plan de ajuste prospere, es transparentar el estado del Estado y de la economía en general, que le deja la administración kirchnerista. En lo cual lleva razón. Lo único que necesitará tener en cuenta es que la población de a pie ignora la terminología -por momentos rebuscada- de los economistas profesionales y no entiende una jota si se le habla en difícil. Por lo tanto, deberá ser claro y preciso.
En cuanto hace al libreto que intentará poner en marcha desde el primer día, jugará sus cartas a todo o nada. Si alguien supone que habrá de esperar a acomodarse en el sillón de Rivadavia, para después mandar al Congreso el guión que preparan sus equipos -que implica un cambio de rumbo como nunca antes se ha intentado entre nosotros- se equivoca de medio a medio. La ley ómnibus que se viene -por llamarle de alguna manera- es el intento de reforma estructural más articulado y profundo que hayamos conocido los argentinos. En este orden y pese a ciertas dudas que le plantearon empresarios, políticos y hasta alguno de los futuros miembros de su gabinete, Milei no cederá un tranco de pollo. Piensa que tendrá, tanto en la cámara alta como en la cámara baja del Congreso Nacional, los números suficientes para empezar su gestión con pie firme.
Respaldado por más de la mitad del país, y con un arco opositor que cruje por los cuatro costados, es difícil imaginar que una mayoría de los diputados y de los senadores le den la espalda y hagan naufragar la herramienta que el presidente recién electo juzga esencial para el desempeño de sus funciones, en medio de una de las peores crisis que haya enfrentado el país en su historia. Esto no significa -ni mucho menos- que vaya a existir algo así como un cogobierno. Ninguno de los bloques que -interesados en asegurarle la gobernabilidad al gobierno entrante- le darán su apoyo el día 11, está dispuestos a sumarse sin más al espacio libertario. Una cosa es que levanten la mano a la hora de aprobar el megaproyecto de ley de reformas que tendrán en sus manos, y otra bien distinta es imaginarlos fundidos y confundidos con el oficialismo a punto de asumir su rol.
Por su parte, si algo ha dejado en claro Javier Milei en las dos semanas transcurridas desde que barrió del mapa a Sergio Massa, es que no está dispuesto a compartir el poder. El doble comando con Mauricio Macri fue una exageración de determinados periodistas. No pasó de eso. En cuanto a la idea de que ha postergado al Pro en beneficio del peronismo ortodoxo -o como quiera llamársele- es otro mito urbano de los muchos que se han echado a andar desde el pasado lunes 20. Le es menester a los libertarios estrechar lazos con el Pro, con parte del radicalismo, y con una porción del PJ cansada de obrar como furgón de cola del kirchnerismo, en atención a los resultados cosechados en los comicios generales de octubre. Con sólo 37 diputados y nueve senadores no es posible gobernar. De ahí a suponer que el presidente compartirá las responsabilidades de gobierno, hay un verdadero abismo.
Con el propósito de tender puentes y de acercar aliados de la política, el mundo sindical y el empresario, capaces de acompañar un derrotero que será crítico durante todo el año a punto de iniciarse, ha elegido a un hombre como Guillermo Francos, que conoce bien el terreno que pisa. Ha estado en las últimas cuatro décadas de uno y del otro lado del mostrador. Ha sido concejal, diputado, presidente del Banco Provincia y representante del gobierno kirchnerista en el Banco Interamericano de Desarrollo, a las órdenes de Domingo Cavallo, de Daniel Scioli y de Alberto Fernández, entre otros varios. Pero también pasó por Corporación América, cuyo titular -Eduardo Eurnekian- conoce a la perfección el aparato del Estado y el lado débil de la clase política. Sus años al lado del empresario de origen armenio fueron una escuela, tanto o más importante que las décadas en las cuales tuvo que navegar, haciendo equilibro, a través de las procelosas aguas de la política. Avezado en estas lides, Francos será el responsable de forjar unos acuerdos -tácticos en ciertos casos o, llegado el caso, estratégicos- que le permitan sobrellevar a la administración nonata cualquier crisis de gobernabilidad que aparezca en su camino.
Con todo, la dificultad por excelencia que deberá sortear el líder libertario está asociada a las expectativas que ha generado su figura y su éxito. Nadie esperaba que -en caso de triunfar su oponente- el candidato de Unión por la Patria le diese impulso a un capitalismo abierto al mundo o que buscase reformular, de principio a fin, las bases sobre las cuales descansa desde hace ocho décadas la escuálida economía criolla. Significaba más de lo mismo y todos lo sabían. Milei, en cambio, llega a Balcarce 50 enancado en unas esperanzas en ciertos casos desproporcionadas, si se las compara con el poder que reivindica y los tiempos que posee para ofrecer resultados positivos a una población que lo mira como a un salvador. La luna de miel, que gozaron todas las administraciones -civiles y militares- que se sucedieron sin solución de continuidad desde 1946 a la fecha, será esta vez fugaz. No en razón de algún género de animadversión de la gente respecto del presidente. El margen por el cual ganó demuestra que tendrá espacio para maniobrar. Pero la situación económica y social es de una gravedad inusitada y ya se sabe que no existe ningún plan de ajuste y reforma estructural que sea indoloro. Convivir por espacio de doce meses -al menos- con una inflación altísima y una recesión mayúscula, puede terminar enojando hasta al más acusado votante de La Libertad Avanza.
El lunes 11, después de la ceremonia de asunción y del discurso presidencial, ya aposentado Milei en la Casa Rosada, habrá llegado a su fin la dialéctica de la intención. Los anuncios de lo que pretendía hacer y de lo que iba a ensayar -propios de toda campaña electoral- tendrán un valor testimonial, si acaso. Su lugar lo ocupará la decisión -esto es, la esencia de la política. El qué será menos importante que el cómo, y el cómo dependerá de la capacidad para consolidar alianzas, la inteligencia para administrar la crisis, y el temple para enfrentar los innumerables problemas que arrastra la Argentina. Los cambios drásticos siempre vulneran intereses creados y -por lógica consecuencia- generan enemigos poderosos.
Vicente Massot


En diciembre de año 2015, a poco de asumir la presidencia, Mauricio Macri salió al balcón de la Casa Rosada y -bastón en mano- intentó bailar al ritmo de una canción pegadiza de Gilda, como si estuviese en el mejor de los mundos. Cediendo a los desatinados consejos de sus dos eminencias grises -Jaime Durán Barba y Marcos Peña-, decidió no hablar de la desastrosa herencia recibida. En su discurso inaugural, tampoco anunció un programa de shock o cosa siquiera parecida. Así le fue.
