Miércoles, 03 Enero 2024 10:58

Una urgencia sin opciones - Por Carlos Berro Madero

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En vez de usar constantemente el espejo retrovisor de nuestra mente, atándola con cadenas al pasado, deberíamos concentrarnos cuanto antes en el estudio de un futuro posible, para una sociedad maltrecha por la anomia popular y la cortedad de miras de sus dirigentes. 

El mismo debería consistir en el análisis pormenorizado de todas las estructuras gubernamentales, y aplicar los resultados a nuevas políticas de Estado que contemplen cambios que arrojen un beneficio concreto para todos, sin eufemismos ni circunloquios. 

Porque como señala Alvin Toffler, asistimos hoy en todo el mundo a una carrera desenfrenada que agrava los crecientes niveles de incertidumbre, como consecuencia de la aceleración de cambios científicos y tecnológicos que obligan a contar con imágenes razonablemente exactas del futuro con la mayor urgencia.

Tratándose de una geografía que va mutando constantemente, éstas deberían fundarse en los mejores trabajos de predicción posibles, despojándolos de cualquier condicionamiento ideológico y rechazando los virus que afectan la mente de ciertas elites del pensamiento que rechazan la diversidad y la apertura hacia nuevos objetivos.

La política de nuestro país, tal cual está diseñada, no ofrece hoy mayores oportunidades para quienes deseen enrolarse en esta corriente, permaneciendo atada a las vaguedades e intereses circunstanciales de quienes solo chocan entre sí para destruirse, mientras realizan  esfuerzos  patéticos  para  sostener  una tecnocracia que atienda casi exclusivamente sus intereses personales.

Los planes que nos proponen estos arquitectos del subdesarrollo se extinguen a poco andar debido a su intrínseca precariedad, contradiciéndose entre sí por la falta de un orden sistémico que posea objetivos racionales “integrados”, para poner fin al caos conceptual en el que estamos inmersos.

Por su parte, los medios audiovisuales solo ponen en “pantalla” las reflexiones mayoritarias de ciertos personajes “escindidos” de cualquier master plan, mientras discurren atropelladamente sobre métodos que ya han sido condenados por su ineficacia.

Mientras tanto, “que siga, siga el baile, al compás del tamboril”, como rezan unos versos de la milonga del inolvidable Alberto Castillo.

El Presidente está demostrando su enorme preocupación por “descongelar” este statu quo, mediante el esfuerzo de su imaginación y la de sus equipos de trabajo, preguntándose y preguntándonos de alguna manera: ¿cómo deben definirse los futuros preferibles? Y, más aún, ¿Con el concurso de quiénes?

Esta circunstancia no implica que los métodos para comenzar la batalla deban consistir en el barrido “manu militari” de algunas normas existentes.

Pero “es inútil que esperemos dominar las fuerzas desenfrenadas del cambio reuniendo un consejo de ancianos que fijen los objetivos o que encomienden esta tarea a un cuerpo altamente técnico. Lo que necesitamos es una visión revolucionaria para determinar los objetivos primordiales antes que nada” (nuevamente Toffler).

Alguien debe iniciar los primeros pasos de este proceso; por lo que sorprende que las propuestas del gobierno comiencen a ser resistidas “in totum” por aquellos que solo parecen decir: “no nos sentimos capaces de formular el futuro”.

Hay evidencias concretas de que los recovecos aún inexplorados de una democracia sumamente imperfecta están poblados por un número cada vez mayor de personas destinadas para ejercer funciones decisorias que mezclan sus ideas sin orden, intentando controlar, sin ton ni son, los cambios de un mundo en perpetuo movimiento, que exige mecanismos más avanzados…y, valga la paradoja, MÁS DEMOCRÁTICOS.

A buen entendedor, pocas palabras.

Carlos Berro Madero

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