El problema de este tipo de adelantos -por llamarles de alguna manera- reside en el hecho de que pasan por alto el efecto de lo inesperado en la historia. Pero existe, además, otro factor que pone en tela de juicio la precisión de tamañas predicciones: la inestabilidad. En países donde todo es posible y nadie es capaz de saber lo que sucederá mañana -el nuestro se halla en este pelotón- resulta peligroso hacer ejercicios de prognosis.
El número que dará a conocer el INDEC el próximo día jueves ha sido objeto de reflexiones, vaticinios y disquisiciones para todos los gustos. Se ha hablado que bien podría llegar a más de 40 % y, con base en una especulación semejante, se han confeccionado tablas de la evolución del índice de precios al consumidor en los meses por venir. Hasta el presidente de la República se sumó hace poco al elenco de los pronosticadores, y dijo que si la cifra estuviese por debajo de 30 % sería “un numerazo porque veníamos para 45 %”. Al respecto es necesario distinguir entre los presuntos especialistas en la materia y el jefe del Estado. Mientras aquellos pretenden obrar científicamente, este actúa en consonancia con un criterio político. Anuncia a tambor batiente, para que lo escuche la ciudadanía en su conjunto, que cualquier porcentaje menor a 30 % representará un triunfo. La picardía consiste en que él sabe que no superará ese tope y, por lo tanto, se anota un triunfo seguro.
Lo que sucederá en la Argentina en el curso del presente año es una incógnita por donde se mire. No tenemos la más mínima idea de cuál será el curso ulterior de los acontecimientos. No sólo en términos económicos sino -fundamentalmente- en punto al éxito o fracaso de la actual administración. Es tal el calado de la crisis que arrastra el país y que Milei ha heredado -y tan osado el programa que éste ha adelantado con el propósito de transformar el desquicio en orden- que nada es previsible. Inclusive lo que parece más sencillo, y en principio no ofrece dudas respecto de su evolución, constituye una incógnita.
A la gravedad inédita de la situación general habrá que agregarle el porte de los enemigos del gobierno, cuyo anhelo es que La Libertad Avanza fracase y no pueda cumplir con sus objetivos. A diferencia de lo que aconteció entre nosotros en la década menemista o en el periodo kirchnerista, los opugnadores de Javier Milei han tomado conciencia de que si este logra asentarse y llevar adelante su revolucionario plan de reformas estructurales será el fin del capitalismo prebendario, de los feudos sindicales, de los beneficios de la casta política, de la patria contratista y de tantos otros negocios espurios nacidos al amparo del peor estatismo imaginable. En consecuencia, están dispuestos a escalar la disputa hasta límites también desconocidos.
No es casualidad que tantos intereses creados hayan puesto al unísono el grito en el Cielo. Hoy los gordos de la CGT, las Madres de Plaza de Mayo, los laboratorios farmacéuticos, el grueso del kirchnerismo, parte de los libreros, los bancarios, los dirigentes de la AFA afines al Chiqui Tapia, el progresismo cultural anidado en distintos ámbitos oficiales, los partidos de izquierda y lo que cabría denominar -a falta de mejor término- los biempensantes de todas las observancias doctrinarias son aliados sin haberse puesto de acuerdo. Por raro que parezca, algunos multimillonarios obran en contra del gobierno de la misma forma que los defensores del marxismo setentista. La lucha que une a Estela de Carlotto con Riquelme, al clan Moyano con Beatriz Sarlo, a Hugo Sigman con Juan Grabois, excede la ideología. Se trata de defender intereses creados que Milei pretende desarmar para siempre. El bolsillo, después de todo, es la víscera más sensible de los seres humanos (Perón dixit).
La reacción que ha provocado el ya famoso DNU Nº70/2023 y el paquete ómnibus de proyectos de ley enviados al Congreso es directamente proporcional al intento de dar vuelta como una media las bases de la política y de la economía argentinas, con los efectos que ello obrará en las relaciones sociales. Nunca antes -ni siquiera en el curso de la guerra que se libró contra la subversión armada en los años setenta del siglo pasado- hubo un empeño tan manifiesto de cambio de las reglas de juego, como el que adelantó este gobierno.
Si el oficialismo tuviese mayor número de diputados y senadores en las dos cámaras del Congreso Nacional, sus posibilidades de salir airoso de la pelea estarían al alcance de la mano. Pero no es así. Depende básicamente de dos bancadas -la de la Unión Cívica Radical y la de Hacemos Cambio Federal- que en correspondencia con la consigna de oposición responsable exigirán determinadas modificaciones al armado jurídico gubernamental. Javier Milei ha dejado -más allá de sus tremebundas críticas a los legisladores que se oponen a su plan, una puerta abierta. Bien mirado, su “no negociaremos nada, sólo aceptamos sugerencias para mejorar”, lejos está de ser un ultimátum. En realidad, es una invitación al diálogo y un guiño a esos bloques que dicen estar de acuerdo con buena parte del fondo y en contra de las formas del DNU.
El riesgo del gobierno libertario es ceder a la tentación de imitar el comportamiento de un elefante en un bazar. El de la oposición responsable consiste en caer en los excesos del formalismo y así perder de vista el bosque por sólo mirar el árbol.
Vicente Massot


Hay economistas que pierden el tiempo tratando de determinar, con arreglo a distintas técnicas de análisis, cuál fue la inflación del mes de diciembre del pasado año o cuál será la anualizada de 2024. Es un vicio en el que no se encuentran solos. Antes y después del triunfo de Javier Milei en el ballotage, abundaron los politólogos y los comentaristas políticos que rivalizaron en pronósticos acerca de cuánto tiempo podría durar un gobierno libertario por efecto de su escasa musculatura legislativa.
