Miércoles, 24 Enero 2024 12:25

¿A qué tipo de democracia apuntamos? - Por Carlos Berro Madero

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Cuando una supuesta “identidad cultural” solo sirve para el desarrollo de políticas que tratan de justificar una suerte de dictadura conceptual para disimular sus fracasos y perpetuar sus imposturas, nos lleva a vivir en una deformación del verdadero espíritu republicano.

A ese tipo de democracia hemos prestado conformidad durante años, tolerando casi imperturbables la falsificación estadística e histórica impulsada por movimientos pópulo-fascistas que se apropiaron del poder y practicaron el vicio de disertar sobre conceptos totalmente abstractos, revestidos de una falsa majestad. 

“Construir un avión”, dice Jean Revel, “no deriva de ningún imperativo inherente a la condición humana y podemos prescindir de ello. Pero si se decide hacerlo, no se construirá un avión capaz de volar si no se observan las normas del pensamiento racional”.

Hemos sufrido así la prevalencia del pensamiento ideologizado de quienes lograron instalarse en los sitios de privilegio mediante toda suerte triquiñuelas, para “consensuar” (palabra hueca como pocas) con quienes se han sentido cómodos coparticipando de un oscurantismo que enredó finalmente a toda la sociedad.

En efecto, durante años ha primado en la política un espíritu “hechizante” –para usar un término de Revel-, que logró prevalecer sobre la racionalidad. Y los “representantes del

pueblo” (¿) no han hecho más que afirmarse en sus poltronas tratando de durar en sus cargos el mayor tiempo posible, multiplicando extravagancias conceptuales y corruptelas que nos han traído hasta donde estamos: quebrados y abatidos.

Esa es la democracia falsa que ha servido para engañarnos, pelearnos entre todos y reducir al hambre a un 40% de la población, quedando a merced de las mentiras que han propalado quienes han explotado la necesidad de “creer”, ínsita en la naturaleza del ser humano, que ha resultado a la postre más fuerte que el deseo de “saber”.

Hay supercherías que logran engañar a la gente durante algún tiempo, pero tarde o temprano terminan conduciendo a un callejón sin salida, porque la deformación ideológica que encierran se encarga siempre de falsificar cifras, datos y hechos, hasta que finalmente debe rendirse a los pies de la realidad “real”.

Como hemos dicho antes de ahora, Javier Milei puede ser un “instrumento” que logre sacarnos de este escenario trágico y nos devuelva a los carriles de la sensatez y el sentido común, aunque moleste un poco el calibre de su desparpajo o la excesiva arrogancia con que confronta nuestras falsas creencias; porque sin un rotundo shock que nos saque del letargo en que hemos vivido hasta hoy, ningún cambio será posible.

A través de su irrupción quizá logremos reinventarnos, desterrando las mentiras y la sub información sembrada por los políticos que nos han gobernado, logrando movilizar a la “gente de bien” (Milei dixit).

No sería poca cosa. Sobre todo, porque nos ayudaría a aceptar que la democracia, a diferencia del totalitarismo, no puede vivir sin la verdad, por más dolorosa que ésta sea.

A buen entendedor, pocas palabras.

Carlos Berro Madero

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