Parece poco probable que el desenlace haya sido producto de una estrategia preconcebida por un gobierno que -en el fondo- no deseaba que se aprobara el paquete en cuestión. En realidad, se sumaron una serie de causas de distinta naturaleza en donde no sólo la administración libertaria carga con la responsabilidad. Esta es -sin duda- una de las partes culpables de la crisis en la cual el país se metió de cabeza. La otra cuota del desaguisado le corresponde asumirlo -aunque se niegue en redondo a reconocerlo- a la así llamada ‘oposición dialoguista’. Conviene, pues, ir despacio y analizar el problema separando los tantos.
El proceso electoral desenvuelto en la segunda mitad del año pasado dejó planteado un escenario inmodificable: quien había ganado la presidencia contaría con una exigua fuerza parlamentaria. Si Javier Milei hubiese sido uno de los muchos mandatarios que se sucedieron en el manejo de la cosa pública en el último medio siglo, el problema no hubiera pasado a mayores y seguramente su escasa musculatura en las dos cámaras del Congreso Nacional no habría resultado un inconveniente de consideración. Pero quien triunfó en el ballotage es un outsider dispuesto a impulsar un programa revolucionario, inédito entre nosotros, y -por lógica consecuencia- disruptivo. No estaba escrito en lugar ninguno que de resultas de ello chocarían irremediablemente el oficialismo y los representantes de Cambio Federal, la UCR, la Coalición Cívica e Innovación Federal. Al mismo tiempo, era posible que en algún momento, cuando se discutieran los temas más ríspidos, la sangre llegase al río.
Es cierto que el equipo libertario dejó mucho que desear en punto a los tejes y manejes parlamentarios. Ni Francos, ni Menem, ni Caputo -para nombrar a los de mayor importancia- estuvieron a la altura de sus respectivas responsabilidades. Hicieron las veces de un conjunto de novatos. Tampoco ayudó el sistema de decisión vertebrado por los hermanos Milei desde Balcarce 50. Al menos en dos oportunidades la incontinencia verbal del presidente frustró gestiones en la cámara baja que llevaba adelante el titular de la cartera política.
El oficialismo dejó al descubierto un grado de improvisación alarmante. Hizo los deberes mal y a los apurones, sin prestarle atención a las luces amarillas que se dejaban ver en su camino. Sin embargo, y contra lo que es moneda corriente achacarle, no pecó de tozudo e inflexible. Cuando el jefe del Estado dio la instrucción de retirar de la escena el capítulo fiscal de la ley ómnibus, demostró un grado de realismo y de flexibilidad que sorprendió. Percibió entonces, con claridad, que sería derrotado y -lejos de encapricharse- actuó serenamente. ¿Hizo ahora lo contrario?
Todos sabían de antemano que los casi 660 artículos no serían aprobados tal como fueron redactados. El meollo del asunto residía -en rigor- en no más de diez temas. Eso quedó en claro al momento de aprobarse la ley en general y puso al descubierto la importancia que tendrían las condiciones de mínima en la negociación que se avecinaba. Si al paquete de leyes había que hacerle podas, ¿hasta qué punto iban a ser aceptados los recortes por el Poder Ejecutivo? ¿Cuál sería la posición de mínima de Milei? Más allá de su falta de experiencia y de los errores que se cometieron, lo que sucedió fue que la licuación que pretendió realizar la ‘oposición dialoguista’ de los artículos esenciales resultó intolerable para el líder libertario. Lo cual obliga a posar la lupa sobre ese espacio político, porque es mentira que de un lado hubo ánimo conciliador y del otro, inflexibilidad.
Los intereses creados que existen en el Congreso, en cuya defensa están empeñados los diputados y senadores, con pocas excepciones a la vista, son poderosísimos. Cada uno quiere llevar agua para su molino, de donde no es de extrañar que forjen alianzas circunstanciales con el solo objeto de mantener sus respectivas quintitas a cubierto de la guadaña del Poder Ejecutivo Nacional. A coro protestan que su causa es la del pueblo y del país. Pero es claro que no dicen toda la verdad. Se entiende la desconfianza que suscitan en el presidente, a condición de no pasar por alto la indignación que genera en los legisladores los sarcasmos e insultos que les ha enderezado en distintas ocasiones Javier Milei.
A diferencia de las organizaciones sociales -Polo Obrero, Libres del Sur, Barrios de Pie y la Corriente Clasista y Combativa- que manejan a través de sus dirigentes, en calidad de intermediarios corruptos, U$ 300 MM correspondientes a los planes Potenciar Trabajo y la Tarjeta Alimentaria, los gobernadores -mientras sus respectivos diputados y senadores les respondan como un solo hombre- tienen un peso decisivo cada vez que debe votarse una ley. Los Pérsico, Alderete, Belliboni y Grabois, pueden perder todas las prerrogativas de que gozan, de un día para otro. Dependen en su totalidad de los aportes del Tesoro Nacional y están a tiro de cañón del Poder Ejecutivo. En cambio, Martin Llaryora, Nacho Torres, Rolando Figueroa, Gustavo Sáenz, Alberto Weretilneck y Hugo Passalacqua -entre otros-, aun cuando dejen mucho que desear en punto a prolijidad administrativa y gasten con bolsillo de payaso, resultaban imprescindibles para un gobierno tan débil en el Congreso.
¿Y ahora qué? La ley ómnibus no tiene chances de prosperar en el Congreso y tampoco el DNU. De todas maneras, que la vía parlamentaria esté cerrada no significa que nos encontremos en la antesala de una crisis terminal. El ajuste fiscal, con el propósito de lograr el déficit cero, seguirá siendo la prioridad número uno del gobierno, y a Luis Caputo le sobran instrumentos para acometer la tarea. Esto obliga a desdramatizar el análisis de la situación. Milei ha sufrido una derrota táctica. Pero el mundo libertario no habrá de terminarse en razón de ese revés. El presidente redoblará la apuesta. El resultado de su apuesta es -de suyo- incierto.
Vicente Massot


La inquietud se deja oír en todos los rincones del país. Sin excepción a la regla, no hay quien no se la plantee: sesudos analistas y hombres del común, dirigentes partidarios y empresarios, intelectuales de distinto origen y periodistas calificados, por igual, discuten si luego de la vuelta de la ley ómnibus a comisión el gobierno perdió por efecto de su inexperiencia o si detrás de la decisión que desde Israel ordenó tomar Javier Milei lo que hubo fue un plan establecido con anterioridad a esos hechos. Antes de entrar y de salir en disputas sobre el particular, es necesario dejar en claro que nadie lo sabe a ciencia cierta. Todo lo que podemos hacer es tejer especulaciones.
