La “caída” de la Ley de reforma del Estado de Milei, ha desatado un desfile de rostros compungidos entre los supuestos “aliados” (¿) del gobierno, lamentándose de que la misma haya vuelto atrás abruptamente por decisión del Presidente.
Después de haber seguido atentamente las sesiones de la Cámara de Diputados, creemos que el uso de la palabra “descuartizamiento” empleada por Milei, le cabe bastante bien a un escenario en donde se reflejó el verdadero espíritu de congresales que repitieron un viejo vicio del cuerpo legislativo: dar vueltas y vueltas sobre supuestas “afectaciones” a intereses de los que hace muchos años abusan de sus privilegios para que sigamos ahondando nuestra decadencia.
A medida que la ley permanecía en debate, se iban presentando más objeciones y falta de acompañamiento de quienes ahora se rasgan las vestiduras haciendo profesión de fe de su “compromiso con la democracia” (sic), evidenciando su apego al uso de circunloquios eufemísticos detestables.
Porque ¿qué tiene de “heroico” haber debatido durante horas al respecto como ahora tratan de resaltar? ¿Será porque ocurrió en una época veraniega en la que los miembros del “honorable cuerpo” suelen dormitar al sol bajo la sombrilla de alguna playa tomando mate?
¿Qué pretenden? ¿Qué consideremos como muy valioso el hecho de que hayan destinado horas interminables buscando el pelo al huevo en cada párrafo de la ley con una meticulosidad casi enfermiza mientras llenaban el aire con interminables autobombos personales totalmente alejados del tema en cuestión?
¿No recordaron la historia del modo desprejuiciado con que ciertas facultades similares a las ahora denegadas –por dar un ejemplo al azar-, les fueron otorgadas casi sin chistar a gobiernos de su signo político?
No vemos este asunto como una traición. Simplemente lo consideramos una “mala reafirmación de lo precedente” (usando un concepto de Revel): una tradicional máquina de impedir que parece ser la característica distintiva de una Argentina exhausta y desesperanzada, que extiende como un reguero de pólvora sus mitos infantiles y sus apotegmas con olor a rancio; llena de gente que asistiendo a un fallecimiento, se preguntan inquietas cómo harán para hacerse cargo del funeral.
Y no es que al decir todo esto pretendamos convertir al Presidente en un santo de altar. En absoluto. Es evidente que comete errores por su falta de experiencia. Pero ¿podemos creer en la sinceridad de quienes “moqueaban” frente a las cámaras de TV condoliéndose por un final inesperado después de haber “fusilado” con mira telescópica incisos y artículos de la ley de marras?
Los portavoces de esta comedia de enredos continuarán probablemente varios días más tratando de interpretar sucesos que solo ocultan lo evidente: en nuestro país son muy pocos los que quieren en realidad que las cosas cambien radicalmente, en tanto puedan rozar sus intereses partidarios y/o personales.
Lo demás es humo para tapar su complacencia con un estado de cosas vigente y su precaución respecto de un cambio al que temen, con la excusa (¿hipócrita?), de “no volver a cometer los mismos errores del pasado” (sic), usando un método revisionista totalmente falso, que nos ha puesto frente al abismo en el que vivimos.
Porque es evidente que hay una rara “moral” profesada por quienes se aferran a sus privilegios y dispersan versiones engañosas de algunos hechos para crear una suerte de chaleco salvavidas que les permita mantener los mismos a flote, contribuyendo a reafirmar los síntomas de lo que hoy se denomina “subdesarrollo”.
Todo lo sucedido en estos días, nos lleva a recordar, inevitablemente, una aguda reflexión de Fernando Savater, cuando dice que “parecería que la democracia se hubiese convertido en un foco de rencores”.
A buen entendedor, pocas palabras.
Carlos Berro Madero


“Je t´aime¨…moi non plus” (“te amo…yo tampoco”) (título de una canción de los 60 de Serge Gainsbourg que alude a la irresolución de algunos individuos respecto del amor)
