A esta altura de la “soiree”, está claro que no hemos sabido apostar a la defensa de la libertad individual y la diversidad - dos principios que fortalecen a la democracia-, potenciando un deseo de singularidad que se convirtió en mal hábito, oponiéndonos a casi todo lo que contraría nuestras expectativas caprichosas: “no mi piace, perché non centra nulla” (“no me gusta, porque no encaja”), como suelen decir algunos italianos díscolos.
Esto nos ha llevado a vivir en un estado de permanente abatimiento, frente a una adversidad que hemos contribuido a propiciar, quedando sujetos a políticas aventuradas que solo han conseguido fortalecer planteamientos políticos descabellados.
Dicen que nuestro país necesitaría un buen psicólogo más que un político iluminado y decente que lo lidere, por haber demostrado largamente que no sabemos bien de qué manera podríamos lograr un proyecto común, mientras la mayoría de nuestros líderes “penetran” en la conciencia popular adoptando un tono de superioridad irritante, exigiendo sumisión y acatamiento y mostrando desdén hacia cuanto les rodea, rebosantes de complacencia consigo mismos.
“¿Toman la palabra? Resignaos a callar. ¿Replicáis? No escuchan vuestras réplicas y siguen su camino. ¿Insistís otra vez? El mismo desdén acompañado por una mirada que exige atención e impone silencio…absortos en sus meditaciones, arqueando las cejas y preparándose a desplegar nuevamente sus labios con la majestuosa solemnidad del oráculo” (Jaime Balmes).
Todo ello ha ido extendiendo en la sociedad un comportamiento “majestuoso”, que ha terminado por pulverizar la armonía hasta en los ambientes familiares, perjudicados hoy más que nunca por el amor propio recalcitrante de cada uno de sus miembros.
En este estado de cosas, observamos con moderada esperanza, el ascenso de un líder más joven y “desacartonado” como Javier Milei, que si bien conserva algunos signos distintivos de nuestra vieja cultura “populista”, nos interpela en su intento por convertirnos en una sociedad que privilegie el sentido común.
En el caso del nuevo Presidente, estamos en presencia además de alguien que prometió durante la campaña electoral, -por primera vez en años- qué haría si llegase al poder, y lo está cumpliendo casi a rajatabla: “chapeau”.
Los ataques que recibe de quienes están molestos por sus gestos de ríspida autoridad no han causado mella en su propósito de última instancia: reunirnos alrededor de valores esenciales como la libertad y la diversidad, para poder marchar hacia el futuro dando pasos acordes al largo de nuestras piernas y reconociendo de una buena vez que no se puede vivir “a la gorra” indefinidamente
Al mismo tiempo, propicia nuestro alineamiento con el mundo occidental judeo cristiano, integrado por quienes suscriben dichos valores, como los Estados Unidos, un adalid de la
democracia, a quien sin embargo hemos criticado ácidamente durante años, mientras hacíamos shopping en sus famosas tiendas de descuento de Miami, luciendo coloridas remeras con inscripciones “I love New York” o “The Sunshine State”.
Si ello ocurriese, podríamos vaciar un cubo más de la basura acumulada por el peronismo “original”, el kirchnerismo y muchos de sus aliados desde los años 40, en los que hicieron la vista gorda frente a los estropicios aberrantes de la Alemania nazi, para convertirnos así en un miembro civilizado de una comunidad internacional que nos mira hoy con justificada desconfianza.
Por ahora, vamos en camino de salvarnos de una nueva hiperinflación en ciernes, y mucha gente comienza a mirarse al espejo viendo una imagen de sí mismos que no les gusta, por decirlo de algún modo. Lo cual no es poca cosa.
A buen entendedor, pocas palabras.
Carlos Berro Madero


La historia confirma que los argentinos hemos propiciado durante años sucesivas transformaciones políticas y sociales “voluntaristas”, que nos impidieron aglutinarnos alrededor de algún proyecto totalizador, quedando presos de una suerte de utopía cultural en la que estamos sumergidos hasta el cuello.
