Quizá sea ésta la experiencia inédita que deberán atravesar todos aquellos que no sean capaces de reaccionar rápidamente a las condiciones que imponga la realidad cultural a la que parece apuntar el nuevo gobierno para “poner al día” una colección de imágenes vetustas, con el objetivo de renovarlas por un repertorio apto para la tarea de reconstrucción que se propone, sin sucumbir en el intento.
Cuarenta o cincuenta años de discursos políticos monotemáticos que no exigían ningún tipo de aprendizaje para nadie, han dejado un residuo tóxico en la mente de quienes hoy manifiestan no querer “más de lo mismo”, pero no parecen haber comprendido aún que el cambio de viejas estructuras anquilosadas implica mudar primero ciertas imágenes dentro de nuestra propia cabeza.
Ese aprendizaje consiste en aceptar sacrificios y tribulaciones que no podrán ser dominados fácilmente por la acechanza de nuevos interrogantes: ¿quién podrá indicarme de ahora en más cuál es el alcance de “lo suficiente”? ¿De qué manera podré competir sin otra ayuda que mi ingenio y mi preparación personal? ¿En qué lugar debo poner “al otro” para atraer su atención sin que se convierta en mi enemigo?
Todo esto obligará a aceptar también que los éxitos y los fracasos no son solo una condición impuesta por el mundo exterior, sino también el resultado de una lucha personal que nos permite romper con ciertos atavismos, ya que muchas cuestiones totalmente inéditas “darán vuelta” nuestra vida, derribarán la antigua vinculación con el valor del dinero y el éxito, alterarán algunos conceptos tradicionales sobre el trabajo y la educación, y provocarán finalmente que no nos sintamos “como en casa” durante algún tiempo.
La tarea consiste en comprender que la transitoriedad de nuevos escenarios dará lugar a un mundo en donde nada será “para toda la vida”, debiendo aceptar el valor de la temporalidad de las cosas “para hacer lo mejor posible mientras duren”, diciendo adiós a los mensajes inmutables de ciertas claves conceptuales de tipo carcelario convenidas hasta ahora.
Porque todos tendremos un mayor poder de decisión que ya no podrá depender de bravatas y conversaciones infantiles, dando cabida al clamor de Ortega y Gasset: “argentinos, a las cosas”.
Las presentes reflexiones valen también para el gobierno del Presidente Milei, quien deberá ajustar su estrategia para sintonizarla con las promesas que hizo sin encerrarse en dogmas de tipo absoluto, ya que de no ser así, la rueda de la fortuna girará rumbo a otros lares. Y esta vez quizá para siempre, porque el mundo seguirá andando y ha probado manejarse bastante bien sin mayores aportes de nuestra parte.
A buen entendedor, pocas palabras.
Carlos Berro Madero


Cambiar implica siempre un ensanche de la brecha entre lo que creemos y lo que realmente es, entre las imágenes existentes en la realidad y lo que presumimos deberían reflejar.
