Domingo, 14 Julio 2024 09:09

Reflexiones sobre el pacto de mayo - Por Carlos Berro Madero

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El gobierno de Javier Milei debería tener presente las recomendaciones del filósofo madrileño Ortega y Gasset, a fin de no desviar el camino de sus objetivos de largo plazo: sacar al país de su estancamiento.

Dice Ortega: “en las revoluciones la abstracción intenta sublevarse contra lo concreto; por eso es consustancial a las revoluciones el fracaso. Porque los problemas humanos son problemas de máxima concreción”. 

Lo antedicho, supone abandonar más pronto que tarde la invocación a eventuales “fuerzas del cielo”, aludiendo de manera algo desordenada a lo que podría denominarse “razón histórica”; porque la honestidad y las buenas intenciones, aunque sean un estandarte irreprochable, exigen una visión cuidadosa de la reacción que producen declaraciones de este tipo en una sociedad que ha aceptado el discurso del cambio, pero está en carne viva y un poco harta de ser condenada por ciertas “reconvenciones” conceptuales.

Por otro lado, intentar el rompimiento con el pasado para comenzar una nueva era de modo abrupto es una pretensión bastante arriesgada, porque el pasado nos ha pasado a todos, de una u otra manera y puede promover eventuales controversias al desparramar culpas específicas encendidas.

Grandes masas humanas se han sumado al escenario social como consecuencia de una explosión demográfica de la población, que aumentó exponencialmente en los últimos cincuenta años e impidió a mucha gente obtener una educación razonable para pulir su entendimiento, que “es el deporte y el lujo específico del intelectual” (siempre Ortega).

El Pacto de Mayo propone un camino de “reconocimiento” de nuestros problemas, pero ha sonado algo grandilocuente en los discursos del gobierno frente a las esperanzas de una sociedad muy fragmentada, que dirige sus demandas a la política por cuestiones vinculadas esencialmente con sus tripas.

Son todos aquellos (una gran mayoría) que no se exigen nada en especial a sí mismos al respecto, porque son, aunque duela decirlo, individuos de poca calidad.

Las decadencias sociales similares en hondura a la que vivimos hoy en nuestro país, son siempre diferentes y esparcen conceptos muchas veces arbitrarios sobre muchas cosas, pero su rasgo distintivo en todos los casos lleva al hombre del común a interrogarse de qué manera querría vivir para siempre, sin encontrar respuestas adecuadas.

Porque “no es fácil de formular la impresión que de sí misma tiene nuestra época que cree ser más que las demás, y a la par se siente como un comienzo, sin estar segura de no ser una agonía. ¿Qué expresión elegiríamos? Tal vez ésta: más que los demás tiempos e inferior a sí misma. Fortísima y a la vez insegura de su destino. Orgullosa de sus fuerzas y a la vez temiéndolas” (nuevamente Ortega).

A buen entendedor, pocas palabras.

Carlos Berro Madero

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