Miércoles, 21 Agosto 2024 08:45

La esencia de una sociedad capitalista - Por Carlos Berro Madero

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La sociedad capitalista es una democracia de consumidores que emiten su voto diariamente en el mercado y ejercen su derecho a no convalidar cualquier mercadería y cualquier precio que traten de obligarles a aceptar compulsivamente, como señala Ludwig von Mises.

¿Quién puede oponerse a este principio ordenador “natural” de una economía tendiente a mejorar la calidad de vida de una sociedad? 

Está suficientemente probado que en cuanto un mercado de bienes y servicios es dirigido por agencias de planificación gubernamental, convierte a la democracia en una mueca y resulta ser un pretexto para la oportunidad y validez de una elección que debería cuestionarse siempre, habida cuenta de que la intervención del Estado ha resultado ser a través de la historia, una puerta abierta para la instalación final de regímenes autocráticos opresivos.

Porque dicha intervención no aclara nunca quién está capacitado para decidir cuál debería ser el ingreso máximo de un individuo, o determinar en detalle dónde debe invertir sus recursos cualquier miembro de la sociedad.

Es solo la esencia del sistema de mercado el que permite que el público elija sus preferencias, en tanto y cuanto éstas no signifiquen un detrimento respecto del derecho de los demás a elegir las suyas, como sostiene John Stuart Mill, habiendo quedado en evidencia que el control estatal y una supuesta redistribución igualitaria, impiden que el esfuerzo para lograr un equilibrio entre las fuerzas de producción y los intereses del individuo, instalen finalmente los fundamentos de una sociedad inmóvil y parasitaria.

Los proyectos planificados centralmente para toda la sociedad por igual, solo reflejan la peligrosa arrogancia de “los que mandan”, quienes se muestran habitualmente indiferentes a la necesidad de que surjan ideas nuevas que corrijan las consecuencias de la imprevisibilidad a que nos somete un mundo irremisiblemente interconectado.

Solo resulta ser pues una tendencia que ha terminado engordando la retórica socialista de países que abandonan cualquier régimen democrático, para terminar sojuzgando a una sociedad que termina sucumbiendo a las disposiciones arbitrarias de una casta de iluminados que empobrece el bienestar popular y nace –humorísticamente hablando-, como una versión posmoderna de “Alicia en el país de las maravillas”.

Finalmente, no hay que olvidar que el deseo de poseer bienes y servicios para desarrollar una buena vida, es un instinto del ser humano imposible de erradicar, porque está basado en los principios de la propia conservación y el bienestar de la familia, habida cuenta que la supervivencia de la especie es un instinto primario del hombre, que no ha podido erradicar ningún principio “colectivista” a través de la historia.

A buen entendedor, pocas palabras.

Carlos Berro Madero

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