Opinión

El Gobierno lleva adelante sus relaciones internacionales con una ignorancia escandalosa del escenario mundial

La designación de Jorge García Cuerva, hasta hace una semana obispo de Río Gallegos, como nuevo arzobispo de la ciudad de Buenos Aires, ha ofrecido una nueva oportunidad para que se ponga de manifiesto la lógica de la grieta, en este caso en su expresión más agresiva y exasperada (afortunadamente en proceso de remisión).

Una imposibilidad ordinaria es aquella que nos hace saber que, atendiendo al curso regular de las cosas, un hecho analizado acontece muy rara vez o nunca.

¿Qué busca Cristina Kirchner? ¿Por qué? El acto del 25 de mayo impone la misma pregunta de siempre, fuerza las mismas respuestas. Ella suena, nosotros bailamos. Se vé que funciona.

Si Perón se levantara de la tumba y viera que el Papa es un cura argentino, cercano en su juventud, para más datos, a Guardia de Hierro, no hay duda de que se estremecería. Tal vez disimularía su perplejidad inicial asegurando que, igual que la Tercera Guerra Mundial, él esto ya lo había previsto. Pero el sacudón más fuerte le llegaría unos segundos después al enterarse de que, con el peronismo en baja, sin candidato, a punto de perder el poder en elecciones libres, el papa argentino designó arzobispo de Buenos Aires, primado de la Argentina, a un peronista explícito.

¿Es demasiado pretender un presidente que nos represente por la lucidez de sus convicciones, por su capacidad para devolvernos el orgullo de ser argentinos?

Hay amores tan bellos que justifican todas las locuras, enseñaba Plutarco, y lo que se hace por amor está más allá del bien y del mal, añadía luego uno de sus lectores más lúcidos: Friedrich Nietzsche. Muy pronto intuyó Cristina Kirchner que el mito evitista, creado por la “generación diezmada”, no estaba sostenido por la bonanza que administró el general Perón durante los primeros cuatro años de su presidencia, ni por las dádivas de la fundación o el horrible martirologio temprano de su esposa, sino principalmente por determinados relatos religiosos y sentimentales montados alrededor de un concepto: el “amor del pueblo”.

“Milagrosamente” (dijo CFK) paró la lluvia para que Cristina Fernández, pudiera empezar a hablar. Milagrosamente, ella tuvo la gentileza de dar comienzo a su acto media hora antes de lo previsto, para que la gente no se mojara tanto.

“El castigo del mentiroso no consiste en lo más mínimo en   
que nadie le crea sino en que él no puede creerle a nadie”.

-George Bernard Shaw

Las recientes elecciones en La Rioja, Misiones, Jujuy, Salta, La Pampa, Tierra del Fuego, Rio negro y Neuquén han dado lugar a un comentario que se repite invariablemente: en esos ocho distritos pequeños ganan, en efecto, los oficialismos. He destacado este hecho durante estos cuarenta años de democracia; de tanto repetirse, va marcando una tendencia que afecta al principio republicano de la alternancia entre gobierno y oposición.

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