Política

Hace poco más de dos semanas, unos días antes de que se dispusiera a poner en marcha la fase 4 de la cuarentena a partir del 10 de mayo, el presidente Alberto Fernández mantuvo una de sus reuniones habituales con el equipo médico de expertos que lo asiste desde que llegó a estas playas la pandemia del coronavirus.

 

Cuando la evolución de la pandemia en el país es aún un enorme bloque sombrío en el horizonte, Cristina Kirchner es el único integrante de la dirigencia que no habla del virus. Si una cacofonía señala que toda crisis es una oportunidad, entonces debe concluirse que la expresidenta encontró la oportunidad para deshacerse de la Justicia y para ejecutar la venganza contra viejos enemigos.

 

La estrategia de la cuarentena estricta terminó bloqueando al presidente. No puede abrir todo, ni volver a cerrar todo. La nueva normalidad de la que habla Kicillof incluye a Vallejos

 

Se acomodaron en Olivos, en una tregua política que al parecer satisface al electorado.

 

La escasa autonomía de Fernández y la falta de una oposición articulada llevan a preguntarse si es Cristina la única que tiene un proyecto político para el país

 

Un año después de la bendición política más significativa desde que en 1972 Juan Perón ungiera a Héctor Cámpora, Alberto Fernández todavía despierta las expectativas contrapuestas de los enigmas irresueltos.

 

Cada vez más experimentado en la táctica de estirar plazos, el Gobierno busca acumular poder aprovechando el limbo generalizado.

 

La vicepresidenta volvió a tener una centralidad inimaginable en aquellos días en que se convirtió en calabaza, bordeando el 10 de diciembre de 2015.

 

En los últimos días hemos asistido a indicios del aparente final de una etapa de cooperación entre el oficialismo y la oposición en el combate contra la propagación del coronavirus, y al inicio de una lucha por imponer un relato para este particular tiempo de pandemia.

 

Es muy improbable que un año atrás, cuando lo postuló como candidato a presidente, Cristina Kirchner haya previsto que hoy Alberto Fernández rondaría niveles de aprobación del 80%. Esta popularidad sorprende más por una impresionante anomalía: gran parte de la opinión pública observa a Fernández como quien observa, allá en las alturas, al equilibrista del circo, con la respiración contenida por la posibilidad de que el más mínimo percance lo arroje hacia el abismo.

 

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