Opinión

 

 

“La justicia es un plato que hay que servir caliente”,
- Fabiano Massini

 

La campaña de vacunación avanza a paso de tortuga. Por todos lados se oyen acusaciones y coartadas, reclamos y justificaciones, ataques y contraataques. El Gobierno está en el banquillo, pero no puede quejarse: suya es la responsabilidad, suyas las expectativas desatendidas. Es fastidioso recordarlo, pero apenas ha pasado un año de las famosas filminas, poco menos desde que el Presidente anunció triunfal el acuerdo con AstraZeneca: ¡la Argentina iba a liderar la cruzada contra el virus! Pensándolo ahora, en verdad sí hay de qué sonrojarse. El tiempo no perdona. El príncipe debe ser amado y temido, escribió Maquiavelo, nunca caer en el ridículo. ¿Quién volvería a respetar su autoridad?

 

 


Los gobernantes carecen de ideas y equipos para mejorar algo; en eso no hay grieta: todos resultaron un fiasco por igual

 

La extravagancia de las idas y vueltas por el tema de las vacunas Pfizer por parte del Gobierno ponen al descubierto no solo el desatino en materia de salud, sino también la imprudencia, ineptitud, negligencia y absoluta ignorancia con la que conviven en materia económica

 

A medida que el año avanza hacia los comicios de medio término -apenas postergados hasta el mes de noviembre- se intensifica la conurbanización del oficialismo. En los 24 partidos que flanquean a la Capital Federal en tres cinturones y agrupan el 65 por ciento de la población de la provincia de Buenos Aires -y el 25 por ciento de la del país- se encuentra el eje del poder electoral del Frente de Todos y de su corriente principal, la que responde a la vicepresidenta Cristina de Kirchner.

 

Aunque recién ahora se aprobará en el Congreso la postergación del cronograma electoral, en 40 días habrá que inscribir alianzas y en 50 las listas de candidatos para los comicios de este año. ¿Ya? Algún día iba a llegar…

 

Los conceptos de amistad y de simpatía se compadecen mal con los mercados de deuda y con los organismos de crédito internacionales. Lo que si puede existir es una razón política que, prescindiendo de considerar la insolvencia de un país, privilegie la conveniencia estratégica de hacer la vista gorda y otorgarle a una nación -pobre de solemnidad y con una larga lista de defaults en su haber- ayudas de carácter extraordinario.

 


“Los medios tienen una agenda paralela, que no es la de la gente, que está de fiesta cuando consigue vacunarse”,
se dice desde la Casa Rosada. Y tienen razón. Incluso mejora la opinión hacía el Gobierno en los vacunados, marcan las encuestas.

 

“Bajen la tensión y la obsesión que tienen con Pfizer”, dijo ayer la ministra de salud, Carla Vizzotti enojada por los dichos de Santiago Cornejo, director del consorcio Covax, quien contó que la Argentina “dijo que no” a la llegada de vacunas del laboratorio Pfizer como parte de los envíos internacionales organizados por la Organización Mundial de la Salud (OMS) para enfrentar al coronavirus y que después matizó, pero no desmintió, con un correo electrónico dirigido a la funcionaria.

 

 

El jefe de gabinete Santiago Cafiero, sin que se le mueva un pelo, acaba de decir textualmente “Independientemente de los números, los salarios le van a ganar a la inflación”.

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