Opinión

 

El escándalo del diputado Ameri en el Congreso confirma la decadencia de nuestra clase dirigente: está mal capacitada para ocupar los cargos que desempeña.

 

 

Puede que en Argentina hoy, el imbécil de familia rica tenga más chances que un pobre genial, pero en países desarrollados un joven intelectualmente dotado lo superaría con rapidez.

 

Es difícil encontrar un gobierno que a menos de un año de asumir se encuentre en una crisis de confianza tan profunda como la que enfrenta el Presidente Alberto Fernández. Como es de rigor, esa incertidumbre se plasma en la presión sobre la demanda de dólares, pero se manifiesta en cualquier medición de expectativas presentes y a futuro.

 

A veces uno piensa porque la Argentina ha caído tan bajo en su nivel de vida, en su índice de calidad institucional, en el ranking general de las naciones.

 

Oriana Fallaci, la inolvidable y combativa periodista italiana, dijo alguna vez: “si las ortigas me invaden, si la hiedra me asfixia, si un insecto me envenena, si un león me muerde, si un ser humano me ataca, lucho contra ellos”.

 

La reforma judicial ha suscitado previsibles recelos porque late la sospecha de que para el peronismo la independencia de la Justicia es, en el más suave de los casos, un principio demasiado condicionado por las necesidades del poder.

 

En cualquier país medianamente serio una decisión de la Corte Suprema tiene carácter definitivo. Cierra la cuestión disputada por una razón sencilla: resulta la última instancia judicial. Pero, entre nosotros, ello no siempre es así.

 

Una tarde de 1981, en tiempos del general Roberto Viola, cuando la dictadura intentaba exhibirse menos feroz, uno de los periodistas estrella del diario La Prensa, Manfred Schönfeld, fue atacado al salir del diario por un grupo de personas nunca identificadas.

 

 

La Argentina parece haberse convertido en un país inviable, condenado a una espiral descendente marcada por una sucesión de crisis encadenadas que configuran una decadencia sin freno

 

Algunos investigadores creen que amplios sectores de clase media de la Argentina, Brasil, Colombia y México podrían caer en la pobreza. En nuestro país, aún no hay un plan económico proestabilidad y crecimiento.

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