
No le quiero pinchar el globo de la ilusión a nadie pero… ¿Cuál sería la ventaja que obtendría Maduro yéndose de Venezuela?

No le quiero pinchar el globo de la ilusión a nadie pero… ¿Cuál sería la ventaja que obtendría Maduro yéndose de Venezuela?

Vivimos tiempos en los que la realidad parece avanzar más rápido que nuestra capacidad para comprenderla. La irrupción de la Inteligencia Artificial (IA) es un buen ejemplo de ese vértigo: nos asombra, nos inquieta, nos llena de preguntas, pero al mismo tiempo transforma silenciosamente nuestra vida cotidiana, resolviendo problemas que hasta hace poco parecían imposibles.
La IA ya está entre nosotros. No es un borrador del futuro: es presente. Está en los sistemas de salud que detectan enfermedades con mayor precisión; en los procesos administrativos que agilizan trámites que antes demoraban semanas; en las pequeñas y medianas empresas que incorporan herramientas digitales para ser más competitivas; en la educación, cuando permite personalizar aprendizajes; y en la vida diaria de cualquier ciudadano que usa su celular para organizar su día, orientarse en la ciudad o incluso monitorear su bienestar.
Y sin embargo, ante este avance innegable, todavía predominan discursos que buscan instalar miedo o sospecha. Aparece una suerte de tentación histórica: la de levantar una nueva Inquisición Tecnológica, una maquinaria de prohibiciones y alarmas que pretende frenar innovaciones en nombre de una supuesta defensa del orden o de la tradición.
Nada de eso sirve. Y, sobre todo, nada de eso funciona.
La tecnología nunca se detuvo por decreto. La historia lo demuestra una y otra vez: frente a cada salto innovador —la imprenta, la electricidad, Internet— surgieron voces que pedían prohibiciones. Fue la sociedad la que terminó encontrando su forma de apropiarse de esas novedades y convertirlas en oportunidades.
Mientras tanto, en las reflexiones acerca del mundo que nos depara este siglo XXI, nos preguntamos si es bueno legislar el miedo. El miedo a lo desconocido, a la incertidumbre del alcance tecnológico; y surge entonces otra cuestión: nos preguntarnos si es necesario regular para promover o para prohibir. ¿Qué es lo que necesitamos realmente regular?
Lo que sí funciona, lo que sí nos corresponde como responsables de diseñar políticas públicas, es construir regulaciones sensatas, protocolos claros, marcos de uso que garanticen derechos y que eviten abusos. No se trata de clausurar tecnologías, sino de guiarlas para que multipliquen beneficios y minimicen riesgos.
Suecia es un ejemplo interesante: ante el impacto de los dispositivos móviles en los aprendizajes, en lugar de demonizar la tecnología o prohibirla por completo, estableció regulaciones concretas para su uso en establecimientos educativos. No se negó la existencia del problema: se diseñó una política pública inteligente para encauzar ese desafío.
Eso es lo que debemos hacer con la Inteligencia Artificial.
Porque la pregunta no debería ser si queremos o no IA en nuestras vidas. La pregunta es cómo queremos que se use, con qué reglas, con qué límites, con qué resguardos éticos, con qué sentido de justicia y de equidad.
La IA ofrece una oportunidad única para reducir desigualdades, para ampliar derechos, para mejorar políticas públicas, para democratizar el acceso al conocimiento. Pero nada de eso será posible si la abordamos desde el temor o desde el reflejo inquisidor de prohibir todo aquello que no entendemos del todo.
La responsabilidad política, hoy, es mayor que nunca: debemos anticipar, discutir, regular, formar, educar. Debemos estar a la altura de un cambio histórico que recién comienza.
La Inteligencia Artificial no es un enemigo. Es una herramienta poderosa que, usada con inteligencia democrática, puede mejorar la vida de millones. El desafío no es apagarla: es aprender a conducirla.
Y ese desafío empieza ahora.
El PJ depende de una presa que no está en el poder y cuyo destino es no volver a estarlo; testimonios y pruebas confirman que no es inocente por más que el relato para incautos sostenga que es víctima de una persecución ideológica. Cristina Kirchner nunca entraba en las tiendas más caras de París o de Nueva York. Solo les sacaba foto a los artículos expuestos en las vidrieras y luego los mandaba a su entonces secretario privado, Fabián Gutiérrez, a comprarlos, preferentemente y si podía, con dinero en efectivo. 

“No podemos seguir oponiéndonos a todo. Hay que empezar a armar propuestas alternativas”. Recientes visitantes de San José 1111 coinciden en repetir casi textualmente el reposicionamiento conceptual que lanza Cristina Fernández de Kirchner desde su prisión domiciliaria, como parte del nuevo escenario que se abrió tras el triunfo electoral libertario de hace un mes.
El tema del fútbol se mezcla con la política y las expectativas triunfalistas tras el 26-O.
El Javo se bajó del avión, hizo gala de la camiseta de Estudiantes, posteó una foto de Bilardo y Zubeldía, y mandó a dos perros a ladrar un poco: el Colo y la Pato. Buenos reflejos para un presidente que acaba de recibir un apoyo sustantivo en las elecciones del 26-O.
La corrupción en la Argentina ya no es lo que era antes del kirchnerismo. Con Néstor Kirchner primero, concentrándola en sus solas manos, y con la muerte de Néstor Kirchner después, desperdigándose en infinitas manos, cambió sustancialmente su accionar convencional haciendo metástasis por todo el cuerpo estatal. Javier Milei debe decidir qué hacer con esa "herencia": negar su existencia o combatirla.
Cuando en 1933 el gobierno argentino firmó el tratado de complementariedad económica con Inglaterra, recordado como pacto Roca - Runciman, los gobernantes de nuestro país también quisieron acordar un tratado de comercio con los Estados Unidos, pero no fue posible, ya que ese país producía y exportaba los mismos productos agropecuarios que nosotros y lo sigue haciendo.La política internacional del actual gobierno no genera los suficientes debates públicos salvo ocasionales comentarios en ámbitos académicos y algún artículo de analistas de esos temas.

Lo esencial es invisible a los ojos de la misma forma que lo simple y evidente queda enmascarado por una complejidad superflua.
Lorena Villaverde no pudo jurar como senadora. Su diploma volvió a comisión por sus vínculos con el narcotráfico y embargos. Bullrich la defendió sin éxito. El Senado suele ser un ámbito donde los antecedentes se negocian si la aritmética lo exige. Este viernes no ocurrió así.
"Buscad la verdad a partir de los hechos",
Deng Xiaoping
No es algo nuevo, pero el acelerado avance en la tecnología de las comunicaciones ha producido una trascendente modificación en el modo en que las naciones negociaban; hoy, la secular diplomacia ejercida por los profesionales en relaciones internacionales ha dejado paso a la actuación directa de líderes que, claro, conlleva la riesgosa gravitación de las preferencias ideológicas personales a la hora de actuar en escenarios externos y, más aún, de cerrar acuerdos comerciales con otros países.
El gobierno nacional experimenta un periodo de tranquilidad política, mientras la oposición se muestra ineficaz. Sin embargo, los escándalos de corrupción emergen. ¿Manso y tranquilo? Javier Milei parece atravesar una etapa bastante tranquila y para algunos hasta placentera.
El juicio que acaba de dar comienzo con base en los cuadernos redactados por el chofer Oscar Centeno tiene —pues no podía ser menos— varias aristas dignas de ser consideradas. Sin ánimo de subestimar a las que quedan fuera del presente análisis, hay cuatro que se destacan de las demás.
Por de pronto, el grado de impunidad con el cual se manejó, desde el comienzo de su ciclo a cargo de la presidencia de la Nación, el matrimonio Kirchner. Aun cuando la técnica que pusieron en práctica para delinquir haya sido de una tosquedad indisimulable —algo que sólo halla explicación en la creencia de que nunca se animarían a juzgarlos—, cierto es que marido y mujer estuvieron a punto de salirse con la suya.
El segundo aspecto que salta a la vista es la decisión fortuita y la prolijidad de un ex–suboficial, de anotar nombres, fechas y lugares del circuito de la corrupción, sin las cuales la ex–presidente se encontraría en una situación de relativa comodidad. La liebre saltó por el lugar menos esperado. El tercer aspecto refiere a la poca importancia que entre nosotros, al momento de votar, se le otorga a la deshonestidad de los políticos.
En pocos lugares del planeta una delincuente como la viuda de Kirchner suscitaría —después de comprobarse sus malandanzas— tamaños apoyos. Aunque el resultado de las urnas no le haya sido favorable, de todas maneras el número de votos que cosecharon sus representantes no deja de resultar sorprendente.
Por último, sobresale la cobardía y falta de vergüenza de los empresarios que se prestaron a pagar coimas millonarias a cambio de jugosos contratos públicos. En buena medida, los integrantes de la Cámara Argentina de la Construcción (de la Corrupción, como la denominó Javier Milei) han sido y son —salvo rarísimas excepciones— la quintaesencia de la Patria Contratista.
La discrecionalidad con la que se manejaron los venidos de Santa Cruz desde 2003 hasta 2023 —exceptuados los cuatros años que gobernó Mauricio Macri— representó un caso único, comparado con cualquiera de las otras gestiones presidenciales que se sucedieron a partir del retorno de la democracia ,de la mano de Raúl Alfonsín. Con todo, es de suponer que nadie se llamará a engaño a la hora de considerar qué tan arraigadas están esas prácticas —que, por supuesto, no son un invento de los K— en nuestro país.
El uso que de la AFA (Asociación del Fútbol Argentino) hace la dupla conformada por el Chiqui Tapia y su mano derecha dentro de la organización, Pablo Toviggino, sería inconcebible que sucediese en algún remoto país bananero del tercer mundo. Aquí, en cambio, es moneda corriente y aceptada por la totalidad de los dirigentes de clubes —excepción hecha del dignísimo Juan Sebastián Verón— que, a semejanza de los dueños de la CAC respecto de los Kirchner, obran indistintamente como títeres o cómplices de sus actuales mandantes. Julio Humberto Grondona, al lado de Tapia y su monje negro, parece más una carmelita descalza que un capo mafia.
Como quiera que sea, ni por los estrados judiciales ni por los tablones futboleros pasa hoy el meridiano de la política. Conoceremos día tras día, a medida que los arrepentidos ventilen sus miserias delante del tribunal oral que los juzga, nuevos capítulos de la corruptela kirchnerista, y no dejaremos de sorprendernos hasta dónde puede llegar el descaro de Tapia & Co.
en su afán de castigar a Estudiantes, lograr por medio de árbitros comprados que Barracas Central se consagre campeón, o regalar títulos de la manera que lo hizo con el Canalla rosarino. Sin embargo, el eje rector de la política está en el gobierno, que se propone prolongar la siesta parlamentaria hasta después del 10 de diciembre.
La intención de la Casa Rosada arrastra una lógica a prueba de balas: ¿para qué dar pelea en las dos cámaras ahora, en situación desventajosa, si a caballo de la segunda semana del último mes del año contará con un poder —tanto en diputados como en el Senado— incomparablemente mayor? Quedarán postergados distintos proyectos de importancia substancial a la espera de que las negociaciones que lleva adelante Diego Santilli con la mayoría de los gobernadores den los frutos apetecidos por el gobierno. En la jugada se combina algo de astucia y mucho de realismo.
Nadie en su sano juicio, si tuviese la oportunidad de elegir dónde se posicionará para dar batalla, le facilitaría a sus enemigos el terreno más conveniente.
En la nueva relación de fuerzas que se estableció luego de que fueran substanciadas las elecciones de medio termino, los libertarios se destacan del resto por su poderío. Pero enfrente de ellos —contra lo que podría pensarse— no se recorta la sombra de un peronismo atomizado, sino la de una liga de hecho, no del todo articulada, que dará mucho que hablar en tanto y en cuanto acierte a consolidarse: la de los mandatarios provinciales. Éstos no se asumen como enemigos del oficialismo ni tampoco en Balcarce 50 los consideran tales. Sólo ocurre que el peso específico que mueven alcanza para considerarlos —sin exageración— como la segunda la fuerza política en danza.
En la ronda de conversaciones que ha entablado, el flamante ministro del Interior pudo dejar afuera —sin ningún problema ni cargo de conciencia— a Axel Kicillof y a sus pares de Tierra del Fuego, Formosa y La Rioja. Cosa que jamás se le hubiese ocurrido hacer con el gobernador Gerardo Zamora y sus iguales de Tucumán, Catamarca, Mendoza, Salta, Santa Fe, Salta, Córdoba, Misiones y tantos otros. En la mesa virtual en la que se hallan sentados los nombrados, es imprescindible prestarle atención a un actor que en última instancia —con el visto bueno del presidente de la Nación— desempeñará un rol decisivo al momento de sellar acuerdos de carácter económico a cambio de votos en las dos cámaras del Congreso: Luis Caputo.
Las que se substancian en estas horas son negociaciones en donde unos requieren fondos y los otros necesitan masa crítica en las cámaras parlamentarias. El común denominador que permite pensar en la consolidación de una liga de gobernadores de hecho es su carencia de unos fondos que sólo los pueden obtener del Tesoro nacional.
En esto consiste la fuerza del gobierno: en el unitarismo fiscal. Por su parte, la debilidad del oficialismo reside en que para poner en ejecución reformas inéditas y polémicas —nunca vistas en estas playas—, su espectacular triunfo electoral no le alcanza.
Por ende, se le hace necesario abrir la billetera en un juego al que hasta el momento ha sido reacio, que bien podría condensarse en el latinazgo do ut des: doy para que me des.
Hasta la próxima semana.
