Política

Es una vieja ley. Las crisis y el tiempo acentúan los rasgos esenciales de las personas y de los países. Lo bueno y lo malo, la indiferencia y el arrojo, la generosidad y lo miserable se hacen visibles y tangibles, sin la grisácea pátina de la normalidad y la inercia.

 

Desde que el rasero del coronavirus empujó a un segundo plano la preocupación por la deuda externa y el riesgo país -dos marcas distintivas de Argentina, la lucha contra la pandemia pasó a monopolizar la atención pública y se transformó en el eje reorganizador de la situación política.

 

Cristina y Alberto Fernández tuvieron una reunión más ríspida de lo que se supo públicamente

 

Luchas políticas en el oficialismo en la previa del escándalo por la compra de alimentos de parte del Ministerio de Desarrollo Social.

 

En Olivos se define minuto a minuto cuál será la duración del aislamiento obligatorio por la pandemia del Covid-19.

 

La política está siendo sometida por el coronavirus a un nivel de estrés desconocido. En el corazón del poder, los funcionarios parecen desbordados. Se acentúan también, contra lo que prometería la intuición, las disputas de poder.

 

El Gobierno empezó a enredarse mal con la pandemia. El viernes armó muchedumbres con pacientes de alto riesgo frente a los bancos y el lunes amaneció con el escándalo de sobreprecios en la compra de alimentos para repartir.

 

En la tarde del martes, antes de conectarse con los gobernadores por videoconferencia, Alberto Fernández recibió a Cristina Kirchner en la quinta de Olivos. La vicepresidenta ingresó, como suele hacerlo, por el túnel que conecta a la residencia con la Avenida del Libertador, donde pasa inadvertida por los vidrios polarizados del auto que la llevó desde su departamento de Recoleta.

 

Henry Kissinger ha escrito en los últimos días sobre el "anacronismo del regreso a las ciudades amuralladas". El fenómeno se produce bruscamente, luego de que la humanidad conoció el período más intenso de libre circulación mundial de personas, bienes y servicios. Las fronteras, tal como se las conoció antes de la globalización, habían casi dejado de existir.

 

La primera reacción -la más visceral- de Alberto Fernández cuando estalló la polémica por los sobreprecios en la compra de alimentos que hizo el Ministerio de Desarrollo Social fue echarle la culpa a la cartelización de las empresas de la alimentación.

 

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