Política
La parálisis en la que está entrando la economía como consecuencia del coronavirus no tiene antecedentes. No solo por su profundidad, sino, sobre todo, por su velocidad.
Esto recién empieza y suponer que "estamos ganando" sería un gravísimo error
“Vengo a cerrar la grieta y a unir a los argentinos”. Fue la promesa de campaña y el compromiso expresado una decena de veces por Alberto Fernández en su discurso de asunción como Presidente. Un principio que en las últimas 48 horas pareció quedar relativizado.
Las Fuerzas Armadas en las calles del conurbano son, por ahora, para tareas de asistencia. Pero, por lo bajo, hay funcionarios municipales que no verían con malos ojos mayor presencia para otras tareas.
Todos hablan de todos, pero solo se oyen. Nadie escucha. La primera fase de la epidemia sorprendió con un presidente, Alberto Fernández, que asumió claramente el liderazgo de la crisis. Tomó decisiones sanitarias, como una dura cuarentena, que otros países demoraron en tomar y les está yendo muy mal.
Algunos de los discursos más célebres de Winston Churchill, estadista de una estirpe ya extinguida en el mundo, permiten recordar que incluso durante la Segunda Guerra Mundial el Parlamento británico siguió en funcionamiento.
A las puertas del 2 de abril es oportuno recordar que las malvinizaciones pueden tener un éxito transitorio, pero rara vez terminan bien. El intento del gobierno de capitalizar políticamente la irrupción del coronavirus está derivando en conflictos evitables y riesgosos.
El regreso de Cristina Kirchner devolvió al kirchnerismo la expectativa de mantener el equilibrio previsto en el Gobierno para ejecutar en simultáneo dos planes muy complejos: intentar que sea más lenta la circulación del coronavirus con la extensión de la cuarentena y acelerar los preparativos para la disputa electoral del año que viene. No es que en su ausencia se hayan introducido cambios severos a ese modelo.
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