Política

Del desinterés a la obsesión, la Argentina y el presidente Alberto Fernández recorren el mismo camino que el resto del mundo frente a la pandemia que paraliza a la humanidad. Los registros recientes acumulan, aquí y allá, frases que se burlan, soslayan o menosprecian las consecuencias del coronavirus.

 

El Presidente apuesta al aislamiento total. Acierta al convocar a la oposición, pero la economía caerá muy fuerte.

 

La decisión del Gobierno de decretar la cuarentena nacional obligatoria para evitar que se propague el coronavirus en el país marca un hito en la construcción de poder de Alberto Fernández, un presidente que se topa de frente con una pandemia global a pocos meses de iniciar su mandato y que ante la urgencia, está obligado a mostrarse capaz de ejercer un liderazgo sin dubitaciones.

 

No hay antecedentes, al menos durante nuestra historia democrática, de tan severas restricciones a la circulación de las personas como las que viviremos los argentinos a partir de hoy.

 

El conurbano será el peor sitio para estar, aún no comenzamos a ver los verdaderos efectos del coronavirus”, sostiene a este medio un experimentado secretario de salud de un distrito del Gran Buenos Aires donde en su órbita no hay hospitales provinciales, pero sí municipales.

 

Todavía es muy temprano para saber cómo el coronavirus remodelará a la sociedad global. No depende solo de la biología. También actúa la economía. Y la política. Pero, en la pequeña escala argentina, ya se percibe cómo remodeló al Gobierno.

 

Si uno toma los medios gráficos de estos últimos días, verá que la política se ha reducido noticiosamente a su mínima expresión, y que la economía compite con el virus por razones obvias: el tendal que deja la paralización de las actividades productivas y la consecuente incertidumbre.

 

Seguramente, Alberto Fernández nunca imaginó que iba a llegar a los 100 días como Presidente con dos abanicos de extrema gravedad que tienen una muy alta probabilidad de expandirse geométricamente: el COVID-19 y la recesión.

 

El término en inglés remite centralmente en la historia al gabinete de emergencia que encabezaba Winston Churchill durante la segunda guerra mundial. La War Room (literal, oficina de guerra), funcionaba en el subsuelo de Downing Street 10, la residencia oficial del primer ministro de Gran Bretaña.

 

Cuando amenaza una crisis sanitaria de dimensiones aún desconocidas, aparecen las consecuencias de una dirigencia política local entusiasmada en perder el tiempo.

 

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