Política

El jefe de Gobierno porteño elige el consenso en tiempo de pandemia. Y recibe críticas internas.

 

Mientras el poder Legislativo argentino debate cómo funcionar en tiempos de coronavirus, en el resto de los países afectados los congresos siguieron funcionando ininterrumpidamente.

 

Es sabido que en medio de una tensa negociación ningún jugador muestra sus cartas hasta que sea realmente necesario.

 

Una vez aplanada la curva de contagios, aunque todavía no en el conurbano bonaerense, el presidente Alberto Fernández comienza a dividir su foco entre las medidas sanitarias para garantizar el control de la pandemia del COVID-19 y la instrumentación de la nueva etapa de “segmentación geográfica”, en la que los gobernadores definirán las excepciones provinciales para las distintas actividades económicas para liberar de la cuarentena hasta un 50% de la población de las provincias con baja circulación del virus.

 

La era del deshielo ya llegó y las tensiones empiezan a aflorar. El mundo congelado del que hablaba hasta hace poco Alberto Fernández comenzó a salir de ese freezer imaginado.

 

El presidente Alberto Fernández se decidió por otra extensión de la cuarentena obligatoria con apenas una docena de breves excepciones, apoyado en dos sentimientos contrapuestos: por un lado, el enamoramiento de su alta valoración en las encuestas como el comandante en jefe de la batalla contra la pandemia, que podría depararle incluso triunfos políticos y mayores cuotas de independencia dentro de la coalición que integra, una vez que esta tragedia haya pasado. Y si efectivamente logra vencer en ese combate contra su enemigo invisible.

 

El presidente suma problemas sin resolver. Primero los económicos, después los sanitarios y ahora los políticos que se consolidarán con la vuelta del Congreso a la actividad.

 

Avanza un plan para afrontar las consecuencias económicas de la pandemia y de la crisis de la deuda. ¿Una salida similar a la de 2001?

 

Un contrato social y político vigente desde 1983 fue destruido por un desquiciado tuit de pocas palabras. Ese pacto implícito señalaba un nunca más a la violencia política, después de que la Argentina sufriera en los años 70 los criminales desbordes de la guerrilla y de la represión.

 

¿Puede el contexto de incertidumbre, entre la pandemia y la crisis de la deuda, horadar la legitimidad del sistema democrático?

Top