Opinión

En la superficie de la política criolla la centralidad de Cristina Kirchner no admite dudas. Todo lo que se relacione con su futuro inmediato o mediato ha sido materia de análisis en el gobierno, en los estrados judiciales y en el estado mayor peronista por igual. ¿Deberá usar tobillera o no es necesario ponerle esa suerte de candado para estar seguros de que no saldrá sin aviso de su domicilio? ¿Podrá recibir cuantas visitas le vengan en gana o quedará reducida esa posibilidad a unos pocos y escogidos? ¿Tendrá libertad para salir al balcón y arengar a su tropa o eso le estará vedado? ¿Se le permitirá navegar sin condicionamientos por las redes para hacerse oír o ello le estará prohibido?

A esta unidad repentina del peronismo surgida de la condena definitiva a Cristina Kirchner no es fácil hallarle antecedentes históricos. Se habla de Perón, de Puerta de Hierro, de Gaspar Campos. Pero Perón no se hacía el prohibido, estaba prohibido.

Su condena es la consecuencia de años de cleptocracia. La disyuntiva del Gobierno sobre qué hacer con ella presa. A qué juega el peronismo.

Como dice el filósofo catalán Jaime Balmes, “criterio es un medio para conocer la verdad en las cosas y quererlas como es debido”; y también una manera de ejercitar la voluntad para verlas claramente, afirmando por consiguiente la validez de los conceptos que logremos formarnos sobre ellas.

“La mentira más común es aquella con la que una persona se engaña a sí misma”, denunciaba Nietzsche. En una tecnocultura de tribu –cultivada con relatos políticos, burbujas identitarias y sesgos de confirmación–, ese fenómeno individual se multiplica y se vuelve perenne y colectivo: elijo creer, vivamos la ficción, finjamos demencia.

“Una verdad a medias es la mentira más cobarde”
- Mark Twain

El juicio a las juntas militares y el juicio a la corrupción kirchnerista son dos instancias trascendentales ocurridas dentro de nuestra Democracia, que fortalecieron singularmente a la República, protegiéndola incluso de aquellos gobiernos que, aun siendo elegidos por el pueblo, la intentan debilitar o incluso cambiar por otro sistema político.

Condenamos a una expresidenta, tenemos boom minero, un aquelarre político y una macro envidiable.

Las crisis económicas mundiales siempre han afectado a la Argentina, como al resto de los países, pero los argentinos solemos atribuir todos nuestros problemas a cuestiones locales porque el aldeanismo impera entre nosotros.

No hubo que contener el aliento o esperar demasiado. Sucedió lo que resultaba, a esta altura, un secreto a voces. Como era de esperar, la Corte Suprema de Justicia de la Nación decidió la suerte de Cristina Fernández, dejando firme la condena en dos instancias que sobre ella pesaba. A modo de consecuencia, la condenó a pasar los próximos seis años de su vida detenida en su domicilio e inhabilitada a perpetuidad para ejercer cargos públicos.

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