Opinión

Estas entidades no solo controlan la matrícula y realizan tareas disciplinarias, sino que contribuyen a ponerle límites a la omnipotencia estatal

Desde Locke para aquí, los padres del liberalismo y la tolerancia se estarán revolviendo en las tumbas.

¿Qué tanta será la vigencia de Cristina Fernández en los meses por venir? ¿Podrá mantener su centralidad o su figura se irá apagando hasta desaparecer en poco tiempo más?

Mientras la sociedad mundial busca protegerse ante una posible guerra planetaria que haría peligrar la democracia, en nuestro país el miedo al pasado ominoso de un peronismo kirchnerista falaz y corrupto, concentra la atención social sobre las bravatas de Cristina Fernández –hoy en prisión por sus fechorías-, y sus interpretaciones “sui generis” de la historia.

Una cuenta atribuida al brillante estratega del Presidente, que no hace mucho modificó su perfil en X para evitar entre otras cosas proclamar a Javier Milei como un “emperador” –ahora simplemente lo homologa con el gran “libertador” sanmartiniano– recomendó por fin un texto de este diario, el primero que “vale la pena” leer de toda “la basura de LA NACION en décadas” (sic). Complacer el exigente gusto del avatar de Santiago Caputo no debería dejarnos indiferentes. El ensayo en cuestión está escrito con talento y prosa persuasiva por Alberto Ades, un abogado y economista que vive en Estados Unidos, que dice ser amigo del León y que recibió felicitaciones por parte de importantes funcionarios nacionales.

“La política tiene un solo objetivo: dar respuesta a los terrores humanos”. 
- Giuliano da Empoli

Derrotada toda opción republicana, por primera vez la lucha por el poder en la Argentina enfrenta a dos populismos sin nada en el medio. Absolutamente diferentes en lo económico, pero con grandes coincidencias en lo político.

¿Qué vale más: los votos y movilizaciones que entronizan un liderazgo popular acusado de ser corrupto, o las leyes que aplican los jueces? Planteado así el dilema, deja a la vista dos maneras de concebir una república democrática.

Los ministros de Economía son siempre y en todos los casos fusibles de los presidentes. Aún aquellos importantes y con éxito como sucedió con Cavallo con Menem y Lavagna con Néstor Kirchner.

No es solamente la cuestión del déficit fiscal la clave para que la economía crezca. En realidad, sin que sea la única causa, la historia económica del país muestra que nuestro principal problema es el de la balanza de pagos. Que entren más divisas que las que salen para decirlo en lenguaje claro.

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