Opinión

En el tormentoso camino hacia la selección de sus nuevas autoridades, la crisis le quitó a la Argentina un insumo esencial para tratar de resolverla: sus líderes.

Parecería inconcebible que para echarle más leña al fuego se hubieran puesto de acuerdo la presidente de la Cámara de Diputados, Cecilia Moreau, y el ministro bonaerense de Desarrollo de la Comunidad, Andrés Larroque, respecto de la gravedad de la situación que atravesó la administración kirchnerista hace siete días, poco más o menos. Los dos, en el curso de la semana pasada, fueron enfáticos a la hora de proclamar en público que la suerte del oficialismo pendió de un hilo -en extremo delgado- a raíz de esa crisis financiera estallada el martes 25 de abril.

Es muy difícil suponer que sin cambios institucionales pueda haber modificaciones significativas y sostenidas en el tiempo, tanto en los comportamientos de las elites como de los electores

De regir un sistema parlamentario, el país hubiera estado en manos de un gobierno de características muy diferentes del actual desde noviembre de 2021.

Parece que durante la semana pasada, Cristina no alcanzó a “hacerse los rulos” a tiempo mientras pergeñaba una de sus acostumbradas improvisaciones, con el fin de dictar una supuesta “clase magistral” en el Teatro Argentino de La Plata el día jueves.

La Argentina tiene una larguísima tradición de procrastinar. Procrastinar es el hábito de posponer para “una mejor ocasión” o, simplemente, “para mañana” lo que no quiere hacerse hoy.

Con explosión o sin ella, con bomba o con veneno, en cámara rápida o lenta, con cualquier resultado electoral o mucho antes de llegar siquiera a las urnas, la historia urde luctuosamente un cierre de ciclo en la Argentina.

Argentina se ha convertido en un país donde cualquier cosa puede suceder. Y sucede. Mientras el dólar amagó con llegar a $500, y el ministro de economía hizo equilibrio para subsistir como tal, el resto del gobierno…

No hay en el peronismo una dirigente capaz de convocar y despertar expectativas como Cristina. Tampoco dispone el peronismo de una oradora como ella. La dolorosa paradoja es que Cristina sabe que su liderazgo no alcanza para ganar elecciones. No alcanzaba en 2019 y mucho menos alcanza en 2023. Por eso Alberto entonces, y por eso Sergio ahora. En 2019 Alberto fue un candidato ganador; tengo mis serias dudas de que Sergio lo sea en 2023. Una derrota electoral de Cristina sería su definitiva derrota política.

En estas horas de zozobras cambiarias y de inflación desbocada, puede parecer irrelevante recordar aquel hecho histórico. Sin embargo, aunque la relación no surja a primera vista, la causa última de este y otros males que aquejan a nuestro país es el desapego por la cultura constitucional

Top