Opinión

El voto a Milei expresa la revuelta de la clase media, que explotó y contagió aun a las más pobres; a sus muchos daños, los populismos suman el de fabricarse adversarios opuestos, pero parecidos

Para los repetidores de frases hechas, que entre nosotros abundan, la mención del cisne negro es un clásico. El concepto se usa -indistintamente- para un fregado como para un barrido ideológico, aunque pocos, si acaso alguno de los que lo mentan, se hayan tomado el trabajo de leer el libro excepcional de Nassim Nicholas Taleb en donde desarrolla su teoría, con base en una metáfora, susceptible de explicar el conocimiento -de suyo limitado- que caracteriza al ser humano.

Aníbal Fernández -un impresentable cuyas guasadas se superan a sí mismas intervención tras intervención y que uno no sabe bien si cuando habla lo hace movido por una impunidad que le impide ver los disparates que dice o si realmente los cree- acaba de decir en relación a los triunfos de Javier Milei y de Patricia Bullrich que si lo que lo que ambos dicen que van a hacer es lo que van a hacer, “eso solo cierra con represión y que van a tener sangre en las calles”.

Es probable que la disputa por la presidencia sea entre Javier Milei y Patricia Bullrich, porque todo parece indicar que el peronismo ha agotado su posibilidad de sumar más votos que los obtenidos el 13 de agosto.

“Soy el único que tiene una propuesta detallada y la presentamos en la Justicia Electoral” dice Javier Milei, el candidato libertario que se impuso en las PASO del domingo pasado. No es cierto que sea el único que presentó una propuesta, pero no miente cuando dice que es detallada.

Dice Jaime Balmes que no todas las cosas de este mundo se han de mirar del mismo modo, sino de la manera en que cada una de ellas se vea más claramente.

Patricia Bullrich y Javier Milei son dos dirigentes muy distintos pero complementarios

Se habló hasta el cansancio del hartazgo del electorado con los políticos. Pues bien, ese hartazgo se expresó. El capítulo decisivo aún no se ha escrito, pero los posibles desenlaces tienen nombre y apellido.

Algunos líderes políticos cultivan el arte de la jactancia con admirable disciplina. Su enunciado estándar suele arrancar con “no me equivoqué cuando dije…”, giro apenas atemperado en ocasiones con el uso de una monárquica primera persona del plural. “No nos equivocamos cuando dijimos que si se hacía tal cosa pasaría lo que ahora está pasando”. En el repertorio de Alberto Fernández, por ejemplo, el molde se alterna con otras combinaciones gramaticales igualmente destinadas a felicitarse, en la actualidad su actividad más exigida.

El voto popular, quizás, esté sustituyendo una pesadilla por otra, que lo será también para muchos de los votantes del propio Milei.

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