Opinión

El siciliano Leonardo Sciascia –célebre autor de El caso Moro e implacable denunciante de la Cosa Nostra– levantó ampollas en la erizada piel de la opinión pública cuando a comienzos de 1987 escribió un artículo en el Corriere della Sera: allí defenestraba también a “los profesionales de la antimafia”, dirigentes y jueces que gozaban de ese estrellato y protagonizaban corruptelas y dudosos ascensos, y obtenían gracias a su rol blindajes políticos.

Cambiar de nombre no implica cambiar ni de ideas ni de métodos. Empezó siendo el partido justicialista, es lo que usó para hacer política en Río Gallegos, Santa Cruz, el matrimonio Kirchner. En el 2003 pasó a ser el Frente para la Victoria, con esa coalición Néstor ganó la presidencia.

“Soy un mentiroso muy sincero”.   
- Federico Fellini

Los problemas tienen por telón de fondo la despartidización, que les hace casi imposible a los políticos cooperar para concebir innovaciones.

Nada se rompió, como era de esperarse, en las coaliciones. Ahora lo interesante será ver las candidaturas concretas.

Hasta el momento se han substanciado, a lo largo y ancho del país, diez elecciones en donde estaban en juego otras tantas gobernaciones. En sólo dos provincias -Neuquén y San Luis- perdieron los oficialismos. Con base en esta evidencia hay quienes han cedido a la tentación de extrapolar los datos y tenerlos por válidos a la hora de hacer un pronóstico respecto de los comicios nacionales que se nos vienen encima. Pero, por relampagueantes que sean los números del interior, no hay razón que justifique su proyección fuera de los límites de cada uno de esos diez estados.

En la última semana se fueron definiendo varias situaciones dilemáticas en el escenario político-electoral. Empezando por el oficialismo, se confirmó el cambio de razón social, sin duda motivado por la cuestionada performance del gobierno que se consagró en 2019 con el sello Frente de Todos. Esa marca fue retirada sin demasiadas ceremonias de la marquesina, y en su lugar se enarboló Unión por la Patria –iniciales: UP, quizás una evocación de la alianza que medio siglo atrás encumbró en Chile a Salvador Allende- y el diseño de un símbolo que acaso pretendió recordar a la estrella federal, emblema del nacionalismo, pero se aproximó más a la marquilla de algún comestible, tal vez una golosina.

Emerenciano Senna es un piquetero comunista chaqueño que, con el aval del feudalismo provincial encabezado por Jorge Capitanich, manejó vastos recursos públicos al estilo de Milagro Sala en Jujuy, recursos que incluso le permitieron izar la bandera cubana en un colegio de la provincia, usar la imagen del Che Guevara como escudo de ese establecimiento  y adoctrinar en ese caldo de rencor la mente de chicos inocentes (que usan guardapolvos rojos) que fueron formateados quizás para siempre en el resentimiento, el odio y la envidia.

Lo que más choca de la cultura peronista es que vea en la nación un medio para llegar al poder con el fin de construir un estado “nacional y popular” poblado por intérpretes de una doctrina autoritaria y excluyente.

Iglesia: mientras su predicación suene partidista, su autoridad moral será mermada; mientras consideren al peronismo más legítimo que los demás partidos, habrá grieta y más grieta

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