Opinión

No hay libertad (una palabra hoy tan gastada) sin república y no hay república sin democracia. A no perder ninguno de estos tres atributos.

Qué decir de una elección donde los que deciden son millones de personas, muchas de las cuales aún no saben a quién votar, mientras que otro sector no descarta cambiar el voto incluso un segundo antes de entrar al cuarto oscuro.

No hay botón que Massa no haya tocado, medida que no haya implementado y decisión que no haya adoptado para dotar de musculatura a su Plan Platita. Metió mano en las jubilaciones, el impuesto a las Ganancias, el IVA y tantos otros lugares dejando al descubierto -por si existiesen dudas- que el propósito de estar en el ballotage justifica echar mano a cualquier recurso. Que el agujero fiscal que produzca sea de una dimensión colosal, lo tiene sin cuidado.

El “todo o nada” de Patricia Bullrich o el “repudio a la casta” de Javier Milei, expresan con claridad que el sistema peronista-radical que naciera hace 80 años, está definitivamente agotado.

Massa cuenta con los votos de muchos pobres que, si bien no se han visto beneficiados personalmente por el orden corporativista, se han acostumbrado al sistema existente

La semana en curso se abrió el último domingo con el resonante triunfo del radical Leandro Zdero sobre el kirchnerista Jorge Capitanich en la disputa por la gobernación chaqueña. Con esa victoria Juntos por el Cambio recibió un refuerzo vitamínico indispensable para sostener las esperanzas de su candidata presidencial, Patricia Bullrich.

Cuando se repasan los acontecimientos políticos de los últimos años, se llega a la conclusión que el movimiento peronista, bajo sus distintas vertientes, nos tuvo amarrados a líderes cuasi mesiánicos que hicieron cualquier cosa que conviniera a sus propósitos de dominación y enriquecimiento personal.

El ganar una elección presidencial no otorga superpoderes, y menos no respetar la división de poderes que caracteriza a la República

En 2021, hace apenas dos años, hubo elecciones legislativas de mitad de término. Todavía se coexistía con las restricciones derivadas del confinamiento impuesto para enfrentar la pandemia de Covid. El largo encierro, la falta de clases, el coma autoinducido de la actividad económica, las restricciones a las libertades individuales, la liberación de presos, el manotazo a los fondos de coparticipación de la ciudad de Buenos Aires y el régimen de excepción que congeló la actividad legislativa tenían su contracara en los vacunados vip, en las demoras en comprar vacunas y en los festejos de los privilegiados en Olivos. Los contrastes generaron un clima de hartazgo social que se fue expresando en manifestaciones populares espontáneas a lo largo y a lo ancho del país, y que en la Capital Federal tuvieron como epicentro la avenida 9 de Julio y el Obelisco.

Milei o no Milei, esa parece ser la cuestión. Por lo menos para muchos argentinos lo es desde hace dos semanas. El futuro dirá si la estrella que empezó a titilar en el firmamento era el anticipo de una iluminación reveladora o apenas un fugaz juego de luces, un encandilamiento tan breve como repentino. Milei o no Milei. Hamlet hace algunos siglos se planteó el mismo interrogante, pero para resolver otros dilemas. Su intensidad dramática no impidió que algunos dijeran que estaba loco, o que se hacía el loco, una posibilidad que en el teatro de la política nunca se debe descartar. Yo, confieso, no me siento atado por esa contradicción que para algunos es un dilema y para otros, una paradoja. Y no faltan los que la viven como una culpa, aunque tal vez para muchos sea sencillamente algo parecido a una revelación.

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