Opinión

Nos quisieron hacer creer que daba lo mismo trabajar que no trabajar. Estudiar que no estudiar. Cumplir con la ley o delinquir. Nos han dejado un saldo de millones de pobres. En medio de un festival de aumentos de impuestos, amenazas de expropiaciones y hasta el aval estatal a las tomas de tierras. 

A pocas horas de haber ocurrido una nueva corrida cambiaria que nos puso nuevamente contra una pared, hemos quedado sujetos al resultado inevitable de las apuestas inciertas de sus funcionarios y ha estallado un nuevo fogonazo que aturde los oídos, provocando gritos destemplados de quienes “no funcionan” (como dice su idolatrada Cristina).

Alberto Fernández se autopercibe chalchalero. Y en ese carácter ha decidido empezar una despedida en continuado de su sillón de presidente. Y digo así, “sillón de presidente”, porque en realidad, “presidente” nunca fue. Siempre estuvo a las órdenes de la verdadera dueña del gobierno, Cristina Fernández de Kirchner. Porque más allá de los evidentes y hasta groseros esfuerzos que el kirchnerismo haga para despegarse de este desastre, éste fue SU gobierno, el gobierno del kirchnerismo, el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner.

Un inédito, temerario y sobre todo impredecible año electoral está en desarrollo. En medio de la pobreza que sufren cuatro de cada diez argentinos, con una inflación anual de tres dígitos en ascenso, dólar indomable, sin reservas, sin hoja de ruta y con pronóstico recesivo, la frustración sumada al hartazgo inflama las chances de una ultraderecha unipersonal cuya taquillera ira no grita soluciones, grita la cercanía del abismo.

En la obra introductoria a la epistemología científica Desventuras del conocimiento científico, el maestro Gregorio Klimovsky remarca la obcecación que existió en referentes de la comunidad científica cuando la nueva evidencia teórica y empírica derrumbó la concepción geocéntrica del paradigma ptolemaico.

El video con el que Alberto Fernández confirmó su desistimiento a intentar su reelección presidencial fue el punto final para una ficción. Su decisión era esperable y solo podía haber dudas sobre el momento en que la iba a hacer pública. Constituyó el corolario de una fracasada gestión que lo mostró como un presidente débil e ineficiente casi desde el inicio de su mandato y la fiel demostración de que ha llegado al tramo final de su gobierno denostado por propios y extraños.

¡Pobre Argentina! Sufre una inflación interanual del 104%. Y subiendo. Sólo en febrero el 6,6%, en marzo el 7,7% y casi un 10% en alimentos. Que es el único ítem del que no se puede prescindir. Resultado, 40% de pobres.

“Hay dos clases de hombres: los que viven hablando     
de las virtudes y los que se limitan a tenerlas”.
 
- Antonio Machado

La decisión de Alberto Fernández de no buscar la reelección es poco trascendente en la coyuntura.

Desde hace un tiempo vengo insistiendo acerca del crepúsculo en el que ahora se interna la democracia de partidos (obviamente no soy el único). En 1983, cuando despuntó este régimen valioso que tuvo la virtud de durar más allá de crisis y sobresaltos, la democracia de partidos parecía gozar de buena salud. De hecho fue así a lo largo de dos décadas.

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