Opinión

 

La tradicional metáfora de suspenso e incertidumbre electoral ahora adquiere significados más graves, simbólicos y no simbólicos.

 

 

Se ha dado en los últimos días un fenómeno preelectoral atípico, fruto de la crisis política y económica que -a la vez- aqueja al gobierno y al país en su conjunto: el resultado electoral del próximo domingo importa menos que aquello que suceda a partir del lunes posterior a los comicios.

 

 

Si la mayoría de los sondeos y vaticinios de importantes funcionarios del oficialismo no fallan –como ocurrió en el pasado–, el domingo el FDT sufrirá otra dura derrota electoral. La segunda en solo 10 semanas.

 

 

Esa depuración de candidatos por la voluntad popular, llamadas P.A.S.O., tan criticadas, denostadas, y menospreciadas por todos, han sido consideradas ahora como el principio del fin del Gobierno de Alberto Fernández (cuando faltan las elecciones generales que tendrán lugar en poco más de una semana, y dos años para las presidenciales). Y más aún, algunos se apresuraron a considerarlas el fin de una época: ni más ni menos, la era peronista.

 

 

La inflación en alza y el dólar libre sobrevolando los 208 pesos, se suman a las expectativas que indican que nada va a cambiar

 

 

El Gobierno debe saber que un hipotético equilibrio electoral no disimulará las urgencias económicas y sociales que agobian a los ciudadanos

 

 

La velocidad de los cambios de ánimo de nuestra sociedad en estos últimos meses ha sido de una hondura fenomenal.

 

 

El presidente declaró la exclusión nacional de Córdoba.

 

 

El modelo de país con el que sueña la ciudadanía está cada vez más lejos del modelo que añora, y con el que insiste, el oficialismo de pura cepa

 

 

El Gobierno llega a las elecciones con protestas por la inseguridad y dólar e inflación en alza. 

 

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