Opinión

 

Probablemente el presidente Fernández quede en la historia como el presidente más cínico que tuvo el país. Confieso que iba a escribir “que tuvo la República”, pero ya estoy muy consciente que la Argentina ha dejado de serlo hace rato.

 

 

El último lunes, con otra fecha patriótica como sombrilla, volvió a movilizarse en la ciudad de Buenos Aires y en otras ciudades y pueblos del país la heterogénea confluencia de sectores intensos que se consideran amenazados por el gobierno de Alberto Fernández:

 

Estuve, de modo virtual, en el Senado. Participé, junto al resto de los integrantes del Colegio de Auditores Generales de la Nación, de una reunión convocada por la Comisión Parlamentaria Mixta Revisora de Cuentas con el propósito de tratar los detalles de nuestro plan de auditoría en marcha y ponderar diversos pedidos de auditoría que se canalizan a través de esta comisión bicameral dedicada exclusivamente al vínculo con la AGN. 

 

 

La unidad nacional -para los que todavía la consideren asequible- se parece a un arcoíris -o sea, un espejismo engañoso e inalcanzable.

 

 

Primero fueron las filminas, ahora la vacuna. ¿Mañana? Durante meses, armado con su varita, el Presidente sermoneó que la Argentina era la mejor, que los chilenos eran un desastre, que los suecos, peor; que todos fueran a la escuela. "¡No pasará!", pareció gritarle al virus.

 

 

 

Su asesinato a manos del estalinismo alimentó conjeturas contrafácticas: ¿hubiera sido diferente la historia si el sucesor de Lenin hubiese sido el creador del Ejército Rojo?

 

 

Sería un error postular que el lunes 17 de agosto toda la Argentina estuvo en la calle, pero sería una torpeza mayor ignorar que sin el reconocimiento a la legitimidad de esas multitudes no es posible gobernar.

 

 

Quién sabe cómo va a digerir el Gobierno la gigantesca marcha popular de ayer, que dijo no a la reforma judicial, respaldó la investigación de los casos de corrupción y exigió transparencia, respeto a las instituciones, el fin de la inseguridad y de la sangría de presos de las cárceles.

 

 

Los argentinos se han manifestado masivamente en defensa de la República. Todos los intentos del gobierno para detenerlos han sido vanos. Trataron de infundirles miedo o culpa con un discurso que osciló entre la agresión verbal acusando a quienes llenarían las calles de despreciar la salud de sus semejantes o de ser exponentes de la oposición.

 

 

Estamos convencidos que los argentinos tendremos que recuperar algún día el interés por interrogarnos, en soledad, sobre lo que estamos haciendo con una realidad que “se nos niega”, cual potro redomón.

 

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