Opinión

 

En nuestro país, como en todos los países que está sufriendo la pandemia del COVID-19, ha comenzado a tomar fuerza el debate salud vs economía.

 

 

Las voces que han predicado la hermandad de los hombres y la paz que debería reinar entre los de buena voluntad han sido siempre la excepción y, por lo general, han terminado mal.

 

 

Hasta finales del pasado mes de marzo para la gran mayoría de los analistas políticos -radiales, televisivos y de la prensa escrita- Alberto Fernández parecía reunir en su persona todas las características de un estadista, o poco menos.

 

 

La pasión demostrada por el peronismo –alimentado hoy por la versión kirchnerista-, para recomenzar una y otra vez sus estrategias políticas autoritarias tradicionales, comienza a evidenciarse con una crudeza que preocupa por contar con el supuesto amparo de un argumento ideal a su favor: los dimes y diretes que ha provocado la pandemia del Covid-19.

 

 

Fernández probablemente se esté poniendo al frente de una horda evidente de nuevos señores feudales que han iniciado un proceso de restauración de las normas por las que el mundo se regía en el siglo XVI.

 

 

Yo no diría que estamos pasando tiempos difíciles, de esos hemos sufrido décadas, los que corren son tiempos impensados. Y los llamo así porque a la dificultad se le agrega la incertidumbre, la estupidez y una oscura intencionalidad política.

 

Una de las interpretaciones posibles del drama derivado de la aparición del Coronavirus a escala global surge de la idea de que la maldita pandemia es una suerte de respuesta de la naturaleza ante la incapacidad de los hombres de limitar el daño ambiental.

 

 

El coronavirus Covid-19 está trayendo innumerables problemas. Por cierto, las muertes y las enfermedades son los más graves, que justifican medidas excepcionales como las severas restricciones a la libertad ambulatoria que padecemos. Pero hay otros inconvenientes menos visibles.

 

 

Dorothy Knudson tuvo al menos el privilegio de una muerte elegante. Fue alguna vez una gran cantante de ópera, se volvió célebre interpretando a Mimí en La Bohème y, ya retirada de los escenarios, no era más que una anciana anónima en un bote a la deriva.

 

 

“Cuando la izquierda pierde una elección, intenta destruir un país; cuando gana, lo consigue”.

 

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