Opinión

 

Muchos se preguntaban cómo haría el populismo para gobernar sin esas vacas gordas que le permitieron en su momento construir su fama de justicieros sociales.

 

 

En los dos primeros meses del año en curso habían muerto 14.641 personas por efecto del Coronavirus; 79.602 debido a resfríos de distinto tipo; 180.584 merced a la malaria; 153.696 se suicidaron; 193.479 en virtud de accidentes de tráfico; 240.950 producto del VIH y 1.777.141 por obra y gracia del cáncer. Las cifras son confiables, como que se originaron en la Universidad de Hamburgo.

 

 

Alberto Fernández le empieza a tomar el gustito a la imitación de algunos gestos políticos de Néstor Kirchner, que tanto rédito le trajeron a su mentor. Aquel presidente de 2003, que timoneaba en la emergencia económica, se enojaba y fabricaba enemigos.

 

 

En las pocas horas que han transcurrido desde la última columna hasta ahora han ocurrido tantas cosas que uno no sabe bien por dónde empezar la de hoy.

 

 

Puede observarse que hay una realidad que está superando a la pandemia del Covid-19: la falta de actualización de los sistemas de salud en todo el mundo, salvo honrosas excepciones.

 

 

A pesar de todo, durante estos primeros meses de gobierno, nadie creyó seriamente que Alberto Fernández podría ser un Cámpora, chirolita de Cristina, ni un De la Rúa con una vice que lo despreciaba desde la corrección política de izquierda como hizo el Chacho Álvarez con el radical.

 

 

La primera vez que asistí al fin del mundo tenía ocho años. Fue tan fuerte el impacto emocional que permanecí de pie frente al televisor a lo largo de toda la película, incluso durante los cortes publicitarios, y al final sentí tres cosas: un cierto alivio, una especie de atónita decepción y un intenso dolor de pantorrillas.

 

 

La Argentina y el mundo enfrentan un dilema entre la salud pública y la economía. Ante la llegada de la pandemia del coronavirus, la reacción de los países fue en términos generales idéntica.

 

 

Ocurrió el 27 de marzo de 1945. La decisión, adoptada por el presidente de facto Edelmiro Farrell, llegó demasiado tarde y fue vista como el fruto de un acto desesperado

 

 

Es tanto el miedo al Covid-19 que la metodología china para enfrentarlo ha sido adoptada por casi todos los países democráticos, a veces de mala gana, pero en otras con entusiasmo.

 

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