Opinión

 

La conflictiva relación con EE. UU. ha sido clave en la involución que nos llevó al Tercer Mundo. Es difícil encontrar otro país que adopte como norte enfrentar al líder del planeta, proveedor de buena parte de sus importaciones clave y cuya moneda es la preferida de su población.

 

 

La apertura formal de un nuevo período legislativo, consumada el último domingo con la presentación del Presidente ante el Congreso, coincidió con un momento de cambio de las relaciones entre el oficialismo y el complejo de fuerzas que lo resisten.

 

 

Algunos historiadores y analistas extranjeros que han estudiado las características de la Argentina, suelen decir que nuestro país es tan extenso y rico, que puede ser cruzado arrastrando un arado de un extremo al otro sin encontrar jamás una sola piedra.

 

 

Si del reciente discurso pronunciado por Alberto Fernández con el propósito de abrir las sesiones ordinarias del Congreso Nacional se expurgan las vaguedades harto conocidas -propias de todos los presidentes que alguna vez pasaron por el mismo lugar-, las mentiras disfrazadas para que no se note demasiado el engaño, y los temas que se descontaban que el presidente iba a tratar, lo que queda es un texto del montón, sin miga ni vuelo.

 

 

Es una suerte que Angela Merkel no haya estado el domingo en un palco de nuestra Cámara de Diputados cuando el presidente Alberto Fernández leyó su primer discurso de apertura de sesiones parlamentarias. Ella es la última estadista que preguntó en voz alta qué es el peronismo.

 

 

El discurso del presidente para inaugurar las sesiones ordinarias del Congreso dejó mucho que desear. A los efectos de resolver los urgentes problemas que tiene la Argentina fue directamente una pieza nula, sin ningún peso.

 

 

La primera impresión del discurso del presidente Fernández al inaugurar el período de sesiones ordinarias del Congreso de la Nación es que abundó en objetivos generales y no especificó los caminos para conseguirlos. Esto se notó especialmente en la falta de precisiones de política económica.

 

 

Algo que está roto, necesita de alguien que lo repare. Algo que está roto, implica que alguna vez funcionó bien. Y algo que está roto, merece repararse cuando si vuelve a funcionar lo hace tan bien como antes.

 

 

Si no tiene costo fiscal, avancemos con osadía; si cuesta plata, creemos una comisión. El primer discurso inaugural de Alberto Fernández debe leerse con lentes bifocales: progresismo cultural y consignismo económico.

 

 

Algunos comentarios sobre el discurso del presidente Alberto Fernández en el Congreso. Mucho Béliz, muchas agencias y consejos y ampliación del Estado y del gasto estatal.

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