Opinión

 

Como en el conocido chamamé de Pastor Luna, Cristina Kirchner parece decidida a poner “a todos a bailar”, como dice la letra de la pieza conocida. A bailar a propios (los “Albertos”) y extraños (Macri y sus “siniestros” antecesores de la mafia siciliana).

 

“Kicillof se hizo el duro con los mercados, pero era un vencimiento de morondanga que podía pagar, como finalmente lo hizo. Alberto ensaya un camino diplomático pero los vencimientos que enfrenta en un mes son atómicos y no tiene los dólares para pagarlos”. Así lo resumió un hombre del Presidente.

 

Se ha originado en estos días una fuerte polémica entre el Presidente de la República, su Jefe de Gabinete, otras altas autoridades nacionales, sectores sociales y algunos condenados por la justicia en torno a si hay o no presos políticos en nuestro país.

 

La imposición de un pensamiento unánime por la fuerza no fortalece la democracia, sino que la debilita.

 

Por qué en algunos temas Alberto Fernández se parece más a Mauricio Macri que a Cristina Kirchner.

 

No presiento una súbita caída al abismo o el ingreso al infierno, como profetizan algunos. Intuyo algo peor: un progresivo empobrecimiento de la vida cotidiana; una persistente y agobiante sensación de humillación; una devaluación progresiva de la inteligencia y la sensibilidad; una resignada convivencia con el hampa; un regodeo en el hábito de contemplar cómo crece la insignificancia de la Argentina en el mundo.

 

Bernard Williams sostiene que un anhelo exagerado de veracidad suele poner en marcha un proceso de crítica que debilita enormemente la convicción de que alguna verdad pueda expresarse en su totalidad.

 

Las señales del gobierno parcelado que debe soportar la Argentina siguen multiplicándose y profundizándose.

 

Este fin de semana, casi al mismo tiempo, el presidente del radicalismo nacional Alfredo Cornejo realizaba un gran encuentro partidario en Mar del Plata, mientras que el jefe de gobierno de la Capital Federal, Horacio Rodríguez Larreta visitaba al gobernador mendocino Rodolfo Suárez. Dos hechos simbólicos por demás.

 

A Axel Kicillof le gusta chocar siempre contra la pared. Ve que un bloque sombrío de cemento está cerca, pero no lo evita hasta que es demasiado tarde. Entonces, termina entregando hasta lo que no tiene.

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