Opinión

Si alguien definió alguna vez a Donald Trump, Jair Bolsonaro y Alberto Fujimori como outsiders, es porque aún no conocían a Javier Milei. Si hay un político al cual le cabe como anillo al dedo la anterior definición, ese es el jefe de los libertarios argentinos. Y no solo en razón de que hizo su irrupción desde fuera de las murallas de la política, sino también por su estilo, sus modales, su lenguaje y su desparpajo a la hora de comunicarse tanto con sus seguidores como con los poderosos de esta Tierra. El presidente está encantado con el personaje que se ha inventado, y se siente en el mejor de los planetas. Por eso, con base en la decisión de la revista Time de elegirlo para su portada, dijo ser el jefe de estado “más popular del mundo”. Puede que sea una exageración -a las que es adicto- pero razones no le faltan.

Estamos tan magnetizados por los excesos de Milei, vertemos tanta tinta sobre sus rasgos grotescos, que esquivamos la pregunta más espinosa: ¿por qué gusta a tantos, ricos y pobres, cultos e incultos? ¿Qué encuentran en él?

En un nuevo escenario, la relación entre Milei y Macri presenta varias alternativas.

“El Presidente me elige a mí porque se da cuenta que con la política argentina a él se le hace complicado, porque no la entiende, porque tiene diferencias, por equis motivos. Y yo tengo una posibilidad mayor de dialogar”, sentenció el flamante jefe de gabinete Guillermo Francos.

La sociedad volverá a valorar el ideal liberal institucionalista, pero además irá en busca de una síntesis de estos últimos cinco lustros: liberalismo más progresismo.

El avance incontenible de las nuevas tecnologías audio visuales, “derraman” hoy como un torrente las características de muchos acontecimientos de orden político y social que acarrean el sufrimiento, la fortuna o el despilfarro ocurrido en lugares remotos, que llegan a nuestro conocimiento casi al instante en que se producen los hechos.

Se puede detectar un cúmulo de mensajes en la decisión de Milei de desplazar a Nicolás Posse, menos de seis meses de haber asumido. Acentúa, por caso, su resultadismo en la gestión. Si no ve los efectos deseados o se rompe el contrato de confianza, afuera. Se trate de quien se trate.

Quizás sea Patricia Bullrich la que más claro tenga lo que está pasando en la Argentina. O por lo menos es ella quien más gráficamente ha descripto no solo lo que está ocurriendo sino también lo que debería pasar.

Para superar la crisis hace falta un orden político asentado en tres pilares: uno democrático, otro republicano, y otro auténticamente liberal

La crisis en Misiones complica la alianza de Rovira con Milei y espanta a los gobernadores. El mercado se agita, el gabinete va al reset y escala la batalla por las cenizas del PRO.

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