Opinión

Néstor cooptaba intendentes con fondos que repartía López. Qué busca Lázaro.

El populismo ha incorporado la leyenda de Robin Hood en el imaginario colectivo de nuestras sociedades. El noble de gran corazón, que escondido en el Bosque de Sherwood le roba a los ricos para entregar ese dinero a los pobres, de un modo inconsciente está detrás de muchas intervenciones de los líderes populistas. No debe extrañar que entre sus partidarios se instale luego esta leyenda como auto justificación  de los latrocinios particulares.

El gobierno ha obtenido éxitos políticos importantes en las dos cámaras del Congreso durante la semana pasada.

 

La reina está desnuda. Las mentiras se cayeron a pedazos y Cristina aparece en la conciencia colectiva nadando en el océano de dinero sucio y negro de la corrupción.

 

Lo de José López impresiona sobre todo por la escenificación. Nada de lo visto y oído hasta ahora puede compararse con este cambalache discepoleano que, a la sombra de un convento, mezcla al funcionario con sus partenaires: el empresario prebendado, el juez remolón, el monseñor avariento y las monjitas inocentes, que también juegan su parte en la farsa.

 

Se ha puesto de moda mofarse del “relato” kirchnerista. Es injusto. Durante años, la obra así calificada mantuvo fascinada a muchísima gente, de ahí el triunfo apoteótico de Cristina en las elecciones del 2011 en que obtuvo más del 54% de los votos.

 

Mauricio Macri, es el segundo Ingeniero que llega a la Presidencia. El primero fue Agustín P. Justo (1876-1943) que ejerció el mandato constitucional, entonces de seis años, entre 1932 y 1938, siendo electo en los comicios realizados tras el primer golpe de estado del siglo XX.

 

Si tras el impacto de los escándalos lo que sigue es el silencio o la inoperancia de los distintos brazos del Estado, aumentarán la desconfianza hacia las instituciones y el descreimiento en la política

 

La cascada de episodios de corrupción que sacudieron a la opinión pública esta semana, pone en evidencia que la mugre política del régimen kirchnerista alcanza a todos los estamentos del poder, desde el más empinado al más modesto.

 

Por momentos, el gobierno parece un cómodo espectador de una pelea entre sus enemigos comunes y de la que, sin siquiera calzarse un guante, podría resultar beneficiado. Es, para decirlo en lenguaje de absoluta actualidad política, un cómodo espectador que asiste entre azorado y esperanzado al festival de kirchneristas desfilando por los juzgados o de inexorable futuro de banquillo ante los ahora veloces magistrados de Comodoro Py.

 

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