Opinión

“Quien lucha puede perder; quien no lucha, ya perdió”. 
- Bertolt Brecht

Estamos cerca de vivir bajo la ley de la selva, que pone en riesgo la democracia.

Un gobierno que, a través de su secretario de Comercio Interior, debe prestarle atención al faltante de figuritas relacionadas con el campeonato mundial de fútbol a punto de comenzar en Qatar, o bien no tiene idea de cuáles son las prioridades del país que habita o bien está mirando otro canal.

Inflación, incertidumbre respecto del futuro de la economía, inseguridad y bajos salarios constituyen las principales preocupaciones de los argentinos. Predomina un clima de escepticismo, desesperanza, angustia y frustración frente a la ausencia de perspectivas respecto de una salida realista de la actual crisis.

El agobio de la situación económica ha desplazado en los medios a las conjeturas sobre el fallido atentado contra la vicepresidenta y hasta al seguimiento de los juicios que la tienen a ella como figura central.

Las distintas tomas de escuelas que se están llevando adelante en la ciudad de Buenos Aires aparentan ser un conflicto que nos lleva a hablar de educación, sin embargo, en ellas no se abordan los verdaderos y graves problemas que hoy padecemos. Las razones esgrimidas en la protesta van desde pedir una mejora de viandas en escuelas de jornada simple y restringir las prácticas laborales hasta pedir más presupuesto para la educación y no pagar la deuda con el FMI.

Estados Unidos tenía a su alcance la capacidad para reducir a ruinas a la sociedad soviética, pero el balance de poder y el mantenimiento del statu quo eran elementos cruciales

Parada en la cumbre de su pequeñez conceptual, hemos asistido a una nueva función teatral de Cristina Fernández, al momento de alegar (¿) su inocencia en el juicio en el que se la acusa de liderar una banda corrupta para defraudar al Estado.

Hasta la salida de Martín Guzmán había un presidente que corría detrás de los problemas. Después de la salida de Guzmán continúa corriéndolos desde atrás, pero si los alcanza, no los puede resolver porque carece de poder. La sensación de anarquía que se está instalando obedece a esa percepción generalizada.

Una vieja ironía sin tiempo se ha convertido, por el moderno imperio de los memes, en un renovado recuerdo que, con toda su acidez, recorre hoy las redes sociales sin mención a lo político pero que, en la Argentina, tranquilamente se la podría aplicar a los dirigentes que se hallan en la mismísima cúspide de la pirámide del poder.

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