Política

Ante el Congreso, brindó un discurso sin autocrítica y con contradicciones. Lo confeccionó sólo para agradar a Cristina y Máximo Kirchner. 


La actitud del Presidente de no condenar de manera categórica la invasión de las fuerzas de Vladimir Putin a Ucrania ha sido penosa.
 

El largo discurso de Alberto Fernández a la Asamblea Legislativa tuvo un destinatario exclusivo: Cristina Kirchner. Diputados y senadores oficiaron de simples testigos. El presidente optó por apaciguar a quien lo llevó al poder y reniega en privado desde que él anunció en público que pensaba someterse al escrutinio del FMI. 

No pasó del todo inadvertida, pero hay que refrescar la situación debido a los mensajes que subyacen. Tras la invasión rusa a Ucrania, la semana pasada se reunieron en Buenos Aires los embajadores o encargados de las embajadas de los 21 estados miembros de la Unión Europea presentes en la Argentina, el embajador de la Unión Europea y los de Ucrania, Australia, Canadá, los Estados Unidos, Japón y el Reino Unido para analizar la situación y para marcarle la cancha al gobierno argentino a quién le pasaron un claro mensaje: "Consideramos que todos los países con voluntad democrática deben exigir a Rusia el cese de esta agresión, que supone una violación flagrante del derecho internacional y de los derechos humanos universalmente reconocidos". 

El conflicto entre el presidente y la vice trabó el cierre de la negociación con el Fondo. La inoperancia enredó a Fernández en la tragedia correntina. Una política exterior extraviada. 

En el lugar equivocado, en el momento inoportuno. Ahí estuvo Alberto Fernández cuando hace poco más de veinte días se le ocurrió pasar por Moscú y abrazarse con quien ahora se convirtió en un criminal de guerra. El extraño encanto del kirchnerismo por los hombres fuertes y por el estilo de los matones.

En plena negociación con el FMI, el Presidente siguió con displicencia los amagues de Rusia sin sospechar que sus tanques ya se dirigían hacia Ucrania. La vicepresidenta se mantiene en silencio, mientras sus simpatizantes se dedican en estas horas a respaldar a Moscú. 

Empezó la hora de los halcones. Podría ser una pregunta y no un acierto. Pero, como el pronóstico viene acompañado por la reaparición del aparato militar-industrial en el mundo, tal vez se vuelva certeza. Más gasto bélico para complicar la economía de todos, según ya se comprometen en Francia, Gran Bretaña, obviamente China, EE.UU. y otras naciones: el rédito al miedo. Obra imprevista quizás de Putin al avanzar sobre Ucrania.

El Presidente apostó por la relación con Rusia en momentos de máxima tensión con Occidente y a la par de la necesidad de un apoyo de Estados Unidos ante el FMI; la sombra de Cristina y el delicado giro diplomático al tronar de las bombas 

El Presidente fue al Kremlin sin que nadie le avisara que Rusia se disponía a provocar un incidente bélico que tiene al planeta bajo riesgo de una tercera guerra mundial. 

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