Opinión

Cristina Fernández de Kirchner debería meditar acerca de sus responsabilidades parciales en la gestación de este monstruo político que es la Venezuela chavista, sobre todo en su versión madurista, la cual hasta el momento ella siempre apoyó.

Piden "que muestre las actas" mientras a la vista, en vivo y en directo, tienen los fusilamientos, las detenciones ilegales, la desaparición de personas que se oponen al chavismo y las amenazas a los que piensen diferente. La dirigencia política argentina e internacional ofrecen solo excusas y no solo porque aprecien al régimen de Maduro, sino probablemente porque algo le deben.

Desde que los representantes más proclives a una conciliación con la monarquía se sentaron a la derecha cuando los Estados Generales convocados por Luis XVI dejaron su característica estamental y se convirtieron en una Asamblea Nacional, quedo caracterizado la derecha como la corriente menos propensa a los cambios y reformas y la izquierda como una línea más radicalizada en la promoción de reformas sociales.

Sucedió lo que estaba cantado desde antiguo. Las elecciones venezolanas se iban a substanciar porque el régimen chavista -aun con toda la fuerza que es capaz de ejercer- no se hallaba en condiciones de suspenderlas. Era claro que el espacio opositor se impondría al oficialismo por un margen bien amplio y eso lo sabía todo el mundo. Razón de más -en atención a la diferencia de fuerzas que acreditaban las dos banderías en pugna- para anticipar lo que pasaría. Nicolás Maduro y la nomenklatura del régimen no podían aceptar de manera pasiva que el poder se les escurriese de las manos y, de buenas a primeras, se encontrasen el domingo a la noche, terminados de contar los votos, en un avión con rumbo a Cuba o a Rusia.

Y se fue Julio (no Iglesias, inmortalizado en miles de memes). Milei va camino a cumplir 8 meses de gestión. No hubo explosión económica, ni social. No se lo llevó puesto la realidad, ni se fue en helicóptero. Tiene solo un par de leyes que le costaron bastante, pero es algo. Tuvo más polémicas que gestión efectiva. Con más contradicciones de las que se esperaba de un crítico de la política. Es un presidente extravagante, pero nadie duda que él tiene buena parte de la manija, aunque dependerá mucho del Congreso en sus 4 años para seguir avanzando.

Es improbable que María Corina Machado, la lúcida y corajuda líder de la oposición venezolana, afrontara ingenuamente la exigente empresa de desafiar al régimen que se resume en la cara de Nicolás Maduro. Los vehementes opinadores que condenan desde lejos al gobierno de quien se dice “hijo del comandante Hugo Chávez” difícilmente puedan competir con el conocimiento y la experiencia de la señora Machado sobre la perfidia del sistema venezolano o sobre la violencia que es capaz de ejercer.

 

“Estoy convencido de que es un proceso normal y tranquilo”, dijo el presidente brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva, respecto a las fraudulentas elecciones realizadas por la dictadura venezolana encabezada por Nicolás Maduro. Es cierto que Lula tiene mucha presión interna; su partido, el PT (Partido de los Trabajadores), reconoció el triunfo del dictador venezolano, pero aun así no se justifica su pobre pronunciamiento.

El fraude electoral fue tan colosal que antiguos amigos del régimen chavista no se animan a reconocer la victoria y piden pruebas de los resultados.

Les juro que cada vez que me siento a escribir estas columnas trato de buscar una tema original que no aburra la atención de los que dedican una parte de su tiempo a leerlas. Pero sustraerme a la tentación de escribir, una vez más, sobre el régimen que gobierna Venezuela y que está en el centro de la atención mundial por estas horas, me resulta difícil.

I. A no llamarse a engaño: si en Venezuela el ejército no se divide, Maduro se saldrá con la suya. Él y el régimen que preside plagado de corruptos, narcos, psicópatas y facinerosos. El escrutinio del domingo fue una vergüenza, pero convengamos que el fraude estaba cantado.

Top