Opinión

La fiesta del pueblo fue, como todas las que se originan en espectáculos de carácter deportivo, efímera. El pasado día domingo buena parte de los argentinos sólo hablamos de fútbol. Todos, en mayor o menor medida, opinamos respecto del seleccionado nacional como si fuéramos a reemplazar a Scaloni. En el fondo, somos directores técnicos en potencia. A comienzos de la madrugada del lunes los festejos -algo menos efusivos que los inmediatos posteriores a la final disputada en Qatar- cruzaron en diagonal nuestra geografía. Sin distinción de preferencias políticas, el deporte del balón pie nos igualó de una manera que no deja de sorprender. Es en lo único que obramos unidos, olvidándonos por unos instantes de las diferencias que tanto nos cuesta desterrar en otros aspectos.

La velocidad de los mensajes cargados de imágenes, supuestamente “comprometidas”, que llegan a nuestros sentidos hoy día, nos vuelve dependientes de las convenciones culturales sobre su significado cuando más complejos son los problemas que nos afectan.

Javier Milei debería entender que encontrarse solo con amigos puede proveernos las mieses de una onda celebratoria, pero los encuentros personales son mucho más necesarios cuando hay discrepancias, cuando no necesariamente se ama personalmente al representante del otro país

Hay vacaciones de invierno en la educación y hay feria en los tribunales, pero la política y la economía no se toman descanso. Como en el cuento de la frazada corta parece haber llegado un punto en que asegurar un logro incuestionable (haber achicado la inflación heredada) provoca rozamientos con otras metas invocadas: el incremento de las reservas y la búsqueda del superávit fiscal.

En el siglo XXI, desaparecido el comunismo, el conflicto se desplaza de lo económico a lo cultural.

Tras el Pacto de Mayo, Javier Milei enfrenta demandas de fondos por parte de los gobernadores y las dudas de los operadores en el mercado financiero; sus agravios a la prensa y a sus críticos son otro peligro para la confianza en su gobierno

"Es necesario sellar definitivamente el reencuentro de los argentinos; eliminar los motivos de encono, los pretextos de revancha y los últimos vestigios de persecución.
Debemos extirpar de raíz el odio. El pasado queda a nuestras espaldas".    
-  Arturo Frondizi

El gobierno de Javier Milei debería tener presente las recomendaciones del filósofo madrileño Ortega y Gasset, a fin de no desviar el camino de sus objetivos de largo plazo: sacar al país de su estancamiento.

El Pacto de Mayo -que terminó formalizándose en julio- no ha suscitado mayores expectativas, ni dentro del oficialismo ni tampoco en los diferentes segmentos del arco opositor que aceptaron dar el presente en Tucumán. Como nadie se llama a engaño respecto de su naturaleza -es, después de todo, una expresión de deseos- sólo el futuro curso de los acontecimientos determinará si hay razones para entusiasmarse o no con semejante propuesta. Que las intenciones que lo impulsan son las mejores, y que pocos si acaso alguno de los actores principales de la política criolla podrían hoy ponerse en su contra, es cosa fuera de duda. Pero del dicho al hecho media un trecho, como reza el viejo adagio.

En el libro Líderes escrito por Henry Kissinger poco antes de su muerte, ya centenario, en el que describe a varios dirigentes mundiales que trató en su carrera académica y diplomática el capítulo dedicado a Konrad Adenauer deja lecciones valiosas para afrontar crisis.

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