Opinión

Que por primera vez un presidente de la Nación califique como “imbécil” a un articulista porque escribe cosas supuestamente “estúpidas” y “pelotudeces” (sic) no es menos escandaloso que la ocurrencia de que esta clase de injurias “democratizan al periodismo”: por acción, omisión, militancia solapada, seguidismo oportunista o ignorancia directa, parece que para ciertos colegas a Javier Milei lo asiste incluso el derecho al insulto personal.

“Las armas son instrumentos fatales que solamente deben ser utilizadas cuando no hay otra alternativa”.  
- Sun Tzu

El Gobierno parece comenzar a transitar una senda más pragmática, aunque se deja entrever la continuidad de la estrategia de confrontación total.

Milei es hoy el presidente de los argentinos por la sencilla razón de que una mayoría de los argentinos así lo decidió. Está donde está como consecuencia de los errores, las torpezas y las miserias de los gobiernos pasados.

Hay asuntos que se dramatizan como si de ellos dependiese la seguridad nacional o el equilibrio estratégico subcontinental. Tras la victoria del chavismo en Venezuela y mientras el líder del socialismo bananero se mantuvo al frente de la revolución en ese país, no fueron pocos los que imaginaron que el resto de las naciones hispanoamericanas se enfrentaban a un peligro similar al que existió durante la vigencia de la Guerra Fría. Se pensaba que desde Caracas se había orquestado una estrategia similar a la que Fidel Castro, en las décadas del sesenta, setenta y ochenta del siglo pasado, desplegara desde la isla caribeña hasta nuestros confines australes.

El presidente argentino tendrá que elegir entre moderar su vena mística, al estilo Meloni, o jugar al caballero del apocalipsis, al estilo Trump.

El camino hacia el Pacto de Mayo, el acuerdo de gobernabilidad al que el presidente Milei convocó, en principio, a todos los gobernadores, no se ha evidenciado hasta aquí liso y llano, sino más bien complicado y estrecho. Se ha avanzado a través de tensiones y conflictos. 

La pregunta por el millón que nadie está en condiciones de responder, es si el pueblo argentino continuará soportando las inclemencias de un ajuste que el propio gobierno no solo admite que es duro sino que, además, se jacta de esa dureza, con lo cual se instala la otra "novedad" política: la "novedad" de una sociedad que apoya el ajuste del cual ella es la víctima, la destinataria de sus rigores.

La política grande es la política de la conveniencia pública, y el arte de un gobierno debe consistir en sumar la razón y la moral a las funciones de quienes lo ejercen.

La credibilidad de todo juez depende de la confianza pública de que resolverá los asuntos de acuerdo a la ley, sin influencias políticas o de otra índole. Y debe haber mujeres en el máximo tribunal.

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