Opinión

 

La Argentina ya ha tenido, por cierto, episodios absurdos en su historia. Algunos trágicos, otros grotescos, otros risueños. En esa galería multicolor no debería faltar la manifestación del lunes que arrancó en Avenida de Mayo y 9 de Julio para terminar frente a Tribunales: es la primera vez que partidarios de un gobierno salen a la calle para exigir "una Navidad sin presos políticos".

 

 

“La diferencia que media entre un hombre vulgar y otro sobresaliente, consiste en que ÉSTE advierte con claridad, distinción y exactitud, lo que AQUÉL sólo reconoce de manera inexacta, confusa y oscura”
- Jaime Balmes

 

 

 

La cuestión de lo que está ocurriendo con la Argentina quizás sea mucho más simple de explicar de lo que parecería surgir de muchos análisis, algunos de los cuales, inclusive, pueden haber salido de estas mismas columnas.

 

 

Cristina Kirchner se reservó para sí y su guardia de hierro profesional -La Cámpora- espacios estratégicos dotados de suculentas cajas.

 

 

La carta pública de la vicepresidente Cristina Fernández de Kirchner el 26 de octubre con críticas a la gestión de gobierno fue un hecho político que se planteó dentro del Poder Ejecutivo. En cambio, la que hizo pública el último 10 de diciembre, al cumplirse un año de gestión del Frente de Todos fue de carácter institucional. Se planteó entre miembros de dos de los tres poderes del Estado: el Ejecutivo y el Judicial.

 

 

Presos kirchneristas durante la caricatura del gobierno ídem.

 

 

 

La decisión de Alberto Fernández primero, y de la mayoría kirchnerista en el Congreso después, de quitarle fondos de la coparticipación a la Ciudad es inconstitucional

 

 

 

Un año de pandemia. Pobreza, indigencia, desocupación, inseguridad, pero en la carta de la Señora el silencio sobre estos temas es, si se quiere, asombroso, conmovedor, estruendoso.

 

 

No cabe duda de que la ex Presidenta acaba de consumar un micro golpe de Estado.

 

 

A mediados de octubre de 1880 una carta publicada en las páginas del diario The Times hizo enarcar las cejas a la opinión pública británica. La misiva llevaba la firma de un capitán inglés retirado que administraba tierras de una familia en Irlanda. Luego se supo que, tras una mala cosecha, ese administrador había impuesto astronómicos precios de alquiler a los pequeños y medianos agricultores que arrendaban los campos, y que estos habían acudido a la Liga Agraria para que negociara una cifra más razonable.

 

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