Opinión

“No puedes volver atrás y cambiar el principio, pero puedes comenzar donde estás y cambiar el final”.  
- C.S.Lewis

El presidente debería entender que ya todo el mundo sabe a quién odia, pero nadie sabe a quién quiere, ni siquiera si quiere a los que odian con él y por ese odio compartido a la política le hicieron ganar. El poder puede significar tener o construir un enemigo, pero también construir empatía, afecto, con todos los que se pueda.

El miércoles 2 de octubre por la noche el gobierno terminó de agendar un nuevo desafío político: Javier Milei firmó el decreto 879/2024 y dispuso el veto a la ley de financiamiento universitario apenas horas después de que cientos de miles de personas manifestaran en Buenos Aires y distintas ciudades del país para pedirle que, al revés, promulgara esa norma ya aprobada por ambas cámaras.

 

El máximo tribunal con el tiempo se ha convertido en una suerte de botín de guerra que, con algunas pocas excepciones, han reclamado muchos gobernantes

En la época de mayor enfrentamiento del gobierno de Cristina Kirchner con los medios, un día al salir de mi casa un vecino me gritó: “golpista”, acusándome de haber apoyado a la última dictadura, lo que repetían los medios oficialistas construidos con dinero del Estado para atacar a los medios profesionales (con otros medios, pero idénticos fines se repite hoy). Ingenuamente, por entonces respondía documentando que había estado detenido, luego puesto a disposición del Poder Ejecutivo, exiliado, con decretos de dos presidentes militares ordenando mi arresto, habeas corpus en la Justicia, registro en la Conadep, considerado víctima en la Justicia en los casos de lesa humanidad del I Cuerpo de Ejército y la publicación que dirigía clausurada.

Se estima que el miércoles alrededor de un millón de personas se manifestaron en las calles a favor de la universidad pública. En Buenos Aires, Córdoba, Santa Fe, Rosario, La Plata, padres, hijos y nietos reiteraron su compromiso por una universidad no arancelada, abierta al pueblo, de excelente calidad científica y con docentes y personal administrativo cobrando salarios dignos.

No puede decirse alegremente y festejar que no hay más obras públicas porque hubo corrupción. En otras palabras, decir que por la corrupción no se hacen obras es como cortarse un brazo porque duele.

El índice de pobreza publicado en el curso de la semana pasada fue motivo de escándalo -no necesariamente de sorpresa- por parte del colectivo ‘bien pensante’ y de toda una serie de periodistas especializados, por un lado, y de políticos de origen opositor, por el otro, que no perdieron la oportunidad de criticar al gobierno libertario como si éste fuese el principal responsable de tal calamidad. En la empresa de enderezar censuras de las más diversa índole contra Javier Milei, no realizaron mayores distinciones y pasaron por alto los matices a los cuales es menester hacer referencia si lo que se desea es dar a conocer un análisis serio.

Más allá de la marcha en contra del veto al presupuesto universitario, el gobierno ya había perdido la batalla en la opinión pública, como también había sucedido con la actualización jubilatoria. Estos son dos datos puntuales, pero que dicen cosas interesantes sobre la dinámica de la administración Milei.

Lo que no pudo una fragmentada oposición podría producirse como fruto de combinar mala praxis, inflexibilidad y una tendencia a redoblar la apuesta de un conjunto de líderes con escasa experiencia política y práctica

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