Opinión

“Por supuesto que me gustaría ser el que le pone el último clavo al ataúd del kirchnerismo con Cristina Kirchner adentro”, dijo el presidente Milei en un reportaje de Franco Mercuriali en TN.

Mauricio Macri acaba de hacer una toma de posición que no merecería quedar sepultada por el consabido vértigo argentino. Macri, simplemente, lo describió a Milei. Y lo hizo en términos llanos, precisos, con un tono cuidadoso pero certero. Sin despertar, significativamente, réplica acalorada alguna de parte del interesado.

Cristina Fernández es hoy la principal opositora externa a Javier Milei. Victoria Villarruel es su principal oposición interna. La primera a través de cartas públicas y la segunda por medio de una cantidad apabullante de gestos diferenciales, no sólo critican al presidente, sino que hoy buscan competir por él en la batalla por ganar la opinión pública. Y mañana, quizá, competir por el poder.

El retroceso educativo y el embrutecimiento social terminaron erigiendo un liderazgo insensible al sufrimiento y excitado con la destrucción y el odio enloquecedor. Como sucedió en España, durante la dictadura de Franco. Hasta que Miguel de Unamuno dio una lección de integridad.

Milei representa una derecha identitaria y tribal; el kirchnerismo, un estatismo woke, caricatura del progresismo; los liberales institucionalistas que respetan las minorías y tienen sensibilidad social quedan a la deriva.

La crisis que hoy afecta a la universidad argentina está articulada con la crisis del sistema educativo y la crisis política y cultural que perturba a nuestro país en un mundo cuyos cambios acelerados nos someten a desafíos de difícil resolución.

“Todo lo que crece acrecienta su propia capacidad de autodestrucción”, escribe la novelista Amélie Nothomb. Y esa ley general vale muy especialmente para la política: sugiere el ensayista Giuliano Da Empoli que los outsiders de La Nueva Derecha llegan en un relámpago y al comienzo crecen exponencialmente en su popularidad, pero salvo excepciones que confirman la regla (Orbán se hizo autócrata, Meloni gobierna con doble discurso), estos agresivos líderes populistas caen al tiempo vencidos no por acción de rivales astutos u originales sino por culpa del mismo temperamento que los encumbró. Sus personalidades extravagantes y feroces –cruciales para el ascenso– les impiden detener luego la máquina incesante de generar y pulverizar enemigos.

“Con tal de que dure”
- Letizia Bonaparte

Este año el día de la lealtad lo festejaron Kicillof, Cristina, la Cámpora, Moreno, los menem- mileistas, la vice Villarruel y hasta Isabelita Perón. Todos separados y peleando unos contra otros, a ver si aún queda algo de la herencia del General.

La vicepresidenta Victoria Villarruel volvió a darle protagonismo a una mujer que fue responsable del baño de sangre que vivió el país en los años 70

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