Opinión

Enredado en la porfía con Nicolas Maduro y su régimen por el suboficial argentino encarcelado en Caracas, espía o no espía, Javier Milei y menos la Cancillería argentina parecen advertir otra amenazante contingencia vecinal: el próximo gobierno uruguayo del canario (nacido en Canelones) Yamandu Orsi y la exintendente de Montevideo Carolina Cosse. Tal vez no se trate de una simple transición institucional la llegada de esta coalición al poder en la que sectores de izquierda constituyen una fuerza determinante. Y nostálgica.

Javier Milei es presidente de la nación por sus singulares y controvertidas virtudes personales, pero convengamos que sus opositores hicieron todo lo posible para facilitarle el camino y transformar sus vicios en virtudes.

Hasta hace pocos años, parecía que la cuestión del poder era un tema zanjado; la democracia se imponía como el sistema más adecuado para organizar la convivencia civilizada en una sociedad y había esperanzas, que gradualmente, se difundiría por todo el mundo. Hoy hay cada vez más dudas.

En un país con instituciones sólidas -o, si se prefiere, a prueba de balas- las disputas a cara descubierta y sin solución de continuidad del jefe del Estado con la presidenta del Senado no dejarían de tener consecuencias nefastas para la marcha de la gestión gubernamental. Si además hubiese encontronazos reiterados y cada vez más agudos entre el Poder Ejecutivo y el Judicial, lo más probable es que todo terminase en una crisis institucional de novela. Pero -como es de sobra conocido- en la Argentina las instituciones son continentes sin demasiado contenido. Siempre tenidas en cuenta y enaltecidas en los discursos, han sido de tal manera despellejadas con el paso de los años que hoy semejan cáscaras vacías. 

Para un presidente que no se piensa tomar vacaciones –“Milei, el incansable”, todo detalle cuenta- es lógico esperar que los analistas tampoco se puedan distraer. Por eso es que estamos viendo mucha más política de lo que pensamos, aun teniendo en cuenta que no hay vaivenes económicos, y en todo caso son favorables.

¿Hay un “vamos por todo” libertario que reemplaza, y en algún sentido reivindica, el abortado intento cristinista de 2012/13?; ¿puede existir un proyecto hegemónico que prescinda del aparato del Estado?

“Sin teoría revolucionaria no puede haber movimiento revolucionario”, acaba de afirmar en Italia, nuestro presidente Javier Milei parafraseando a Vladimir Lenin, el creador de la rusia soviética.

Cuando una sociedad arrastra una larga historia de frustraciones, es bastante común observar que la misma permanezca vigilante durante bastante tiempo ante cualquier síntoma del renacimiento de ciertas pesadillas vividas.

Necesitamos recuperar un liberalismo que incluya sus tres pilares históricos: que en un mismo territorio puedan convivir personas muy distintas, que haya plena autonomía del individuo en cuanto a su plan de vida y que exista libertad de mercado.

En su intensa temporada de caza de las grandes figuras progresistas, que para ellos todavía brindaban cierta respetabilidad y protección, los señores feudales de Santa Cruz invitaban habitualmente a Balcarce 50 a cuanto intelectual pasara por los diarios. Que siempre fueron su principal fuente de conocimiento y lectura. A Beatriz Sarlo le tocó compartir un almuerzo en el primer piso de la Casa Rosada con el gran historiador Tulio Halperín Donghi; la experiencia no resultó positiva, ninguno de los dos cedió a la seducción del poder, y en la mismísima vereda ella le dijo: “Yo no vengo más, Tulio”. Néstor Kirchner comprendió que aquella dama diminuta y aguerrida, que era un emblema de la cultura de izquierda, no mordía el anzuelo, y entonces le bajó el pulgar.

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