Opinión

En lo que va de este siglo el resentimiento desde el poder ha sido la característica que, salvo en el gobierno de Macri, predomina en los que gobiernan. Al argumento crítico, a la opinión diferente la respuesta ha sido y es el agravio y el insulto.

En punto a la corrupción de la clase política rige, entre nosotros, una ley de hierro: pocos están dispuestos a enjuiciar a un presidente, gobernador, senador, diputado, intendente o quien fuere, si su nivel de gastos, ingresos o declaración jurada no llaman la atención, puestas al descubierto por una investigación periodística o por un paso en falso del funcionario que se trate. En nuestro país se habla mucho de los vicios de los gobernantes pero los jueces y los fiscales se hacen olímpicamente los desentendidos a la hora de investigar y de procesar a los corruptos, salvo honrosas excepciones.

Cuando parecía que el año se extinguía, siguen pasando cosas importantes. En parte por el calendario, en parte porque los actores no se quedan quietos, en parte porque siempre hay hechos fortuitos que ponen patas para arriba donde había algún orden. 

Parece que se minimizan los significativos costos del esfuerzo que viene haciendo la sociedad argentina y que podrían reflejarse en el debate y el comportamiento electoral de un importante segmento de la ciudadanía

El Gobierno ha entregado en los últimos días acabadas de muestras de que no puede, mediáticamente, tapar no el sol, ni quiera una bombita de luz con la mano.

Para su segundo mandato como gobernador, Alfredo Cornejo se ha apoyado principalmente en dos potencialidades locales: la minería y el agua. Ya no alcanza con la revolución de lo sencillo (que el gobierno funcione, se mueva bien) como se propuso en su primera gestión, ahora se requiere la revolución de lo estructural (que la que funcione bien sea la provincia toda, que se mueva bien y rápido). Y eso es mucho más difícil.

Mariano Caucino, embajador de la Argentina en la India, subrayó las oportunidades de cooperación entre ambas naciones. “La relación comercial entre nuestros países alcanza los 4,6 billones de dólares, con un saldo positivo en la balanza para nuestro país”, aseguró.

“No se confunda mi estimado señor, nosotros ya no exportamos guerrilleros o revolucionarios, ahora son médicos y maestros”. Con estas palabras, Carlos Rafael Rodríguez, vicepresidente del Consejo de Ministros de Cuba, me dejó claro en 1977 cuáles eran los nuevos lineamientos de la política internacionalista cubana.

La reciente sesión del Congreso para tratar el desafuero del polifacético y corrupto senador   Kueider  (un   “travestido” kirchnerista), mostró una vez más la gestualidad habitual de los K: el dedo medio (“fuck you”) dedicado por Parrilli a sus fracasados enjuiciadores de ese día por razones semejantes: el memorándum con Irán.

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