Opinión

Javier Milei, como casi todos los presidentes, suele culpar a los medios de comunicación de todo lo que le sale mal o no le sale. Pero el libertario lleva su obsesión a extremos pocas veces vistos. Sin embargo, esta semana cometió dos gruesos errores de comunicación por torpeza propia, donde los medios nada tuvieron que ver: Un acto en el Congreso de presentación del presupuesto, al que no vio nadie. Y un asado donde celebró haber impedido un aumento en las jubilaciones, que no le gustó a nadie, ni a los mileistas.

Esta segunda parte discute nuevos dilemas: qué hacer frente a las mutaciones culturales y socioeconómicas que procura imprimir Milei de modo indeleble sobre la sociedad argentina.

Ningún país exitoso descuida la inversión en infraestructura básica, ni en ciencia, tecnología y aun menos en educación y cultura.

El Presupuesto no es otra cosa que la síntesis y compendio de lo que el Estado piensa recaudar y, al propio tiempo, de lo que estima menester gastar. Resulta una suerte de radiografía anticipada de ingresos y egresos. En países como el nuestro, donde las instituciones tienen escasa fuerza y son poco respetadas, desde tiempo inmemorial las distintas administraciones -salvo raras excepciones- han trampeado a la hora de presentarle a la ciudadanía la estimación de cuánto evaluaban recaudar y cuánto dispondrían para eso que llamamos gasto público.

Cómo rezaba el famoso tema de Pérez Cardozo e Hilario Cuadros -los 60 granaderos con corazones de acero- Milei ensalzó a sus "87 héroes", casi, casi, porque "defendieron a mi nación".

Después de acreditarse una victoria indispensable al impedir que la Cámara de Diputados rechazara su veto a la recién aprobada ley jubilatoria, el gobierno de Javier Milei sufrió dos reveses en la Cámara Baja: entre el jueves 12 y el viernes 13 hubo más de dos tercios de la Cámara para anular el decreto de necesidad y urgencia con el que el Presidente otorgó 100.000 millones de pesos en fondos extraordinarios a la Secretaría de Inteligencia y también (57 contra 10) para dar sanción definitiva a la Ley de Financiamiento Universitario, que Diputados había aprobado en agosto por una mayoría abrumadora (143 a 77).

Luego de haber experimentado su big bang con la emergencia del fenómeno Milei, la fragmentación es el aspecto más saliente del sistema político argentino. Esto le permitió al gobierno nacional, con acotado esfuerzo, evitar que el Congreso insistiera con la fórmula de actualización jubilatoria, lo que habría implicado una severa derrota, ya que esa mayoría calificada de dos tercios representaba una potencial amenaza a la gobernabilidad. No solo coartaba el uso del veto presidencial ante otras iniciativas parlamentarias que pretendieran condicionar el accionar del Poder Ejecutivo, en especial en el plano fiscal, sino que representaba una bomba de tiempo ante la eventualidad de un pedido de juicio político.

El presidente de la Nación Javier Milei acaba de presentar el presupuesto general de recursos y gastos 2025. Lo hizo en un marco diferente al habitual procurando un hecho político al presentarse en persona y hablar en el recinto ante un grupo de legisladores integrantes de las Comisiones de Presupuesto y Hacienda de ambas cámaras, aunque formalmente no se trató de una Asamblea Legislativa, ya que la manda constitucional indica que debe ingresar por la Cámara de Diputados.

“La apuesta a una sociedad abierta, evoca siempre la experiencia aterradora de una población heterónoma, desventurada y vulnerable, abrumada por fuerzas que ni controla ni entiende del todo”
-Zygmunt Bauman

De aquel planteo icónico que Mario Vargas Llosa escribió en Conversaciones en la Catedral, “en qué momento se había jodido el Perú”, surgió la correspondiente pregunta argentina. Pregunta más lúdica que científica.

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