Opinión

 

Dicen que, durante una conversación apasionante, en una noche indeterminada de los años 30, el autor del libro más enigmático del pensamiento argentino arrojó de pronto ese original al fuego, y Borges se apresuró a rescatarlo de las llamas.

 

 

“Si no hay justicia para el pueblo, que no haya paz para el gobierno”.
- Emiliano Zapata

 

La sociedad real, estupefacta, duda si entender lo que hace y dice Fernández como fruto del odio y el desprecio o como parte de la ejecución de un plan monárquico burocrático.

 

La vertiginosa intensidad de estas últimas horas ayuda a comprender por qué la Argentina está sumida en un cortoplacismo absoluto: la coyuntura devora cualquier intento de reflexionar más allá de la última insensatez del gobierno de turno. En un entorno donde todo puede pasar y en el que quienes toman decisiones públicas se empeñan en empeorar lo malo que hicieron sus predecesores, resulta suicida desviar el foco en el largo o el mediano plazo. Torcimos el legado del epicureísmo, obligados a vivir (¿sufrir?) el momento no para “relajarnos” y disfrutar sin importar las consecuencias, sino para evitar costos mayores.

 

 

Como exintendente y actual diputado nacional por la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, comienzo por aplaudir la respuesta del jefe de Gobierno al nuevo agravio que el presidente Alberto Fernández inflige a la ciudad y su gente. En la defensa que asume de la ciudad, de sus representados, de su trabajo y sobre todo de su educación, el jefe de Gobierno cuenta con todo mi apoyo.

 

 

La administración nacional no tiene ningún modelo predictivo para la evolución de la pandemia

 

A Alberto Fernández se le venía reclamando que ejerciera sin timidez la autoridad presidencial. Esta semana decidió satisfacer ese pedido. Tarde piaste, dirán algunos.

 

 

Lógico sería que, en atención a cuanto significa la nueva ola del COVID, el gobierno acreditase un nivel de coherencia tanto en los dichos como en los hechos. Frente a una crisis de tamaña dimensión era razonable pensar que los funcionarios de mayor jerarquía de la administración kirchnerista darían de lado sus riñas y pondrían paños fríos a sus luchas internas.

 

La primera ola de la pandemia en el país presentó el peor desenlace posible; récord de muertes y caída de diez puntos del PBI. Dos acotaciones de este penoso resultado: La primera es que, en general, el sistema hospitalario no colapsó, pero ni la cuarentena eterna ni las medidas restrictivas sociales sirvieron para bajar a cero el nivel de contagios. Ellos se amesetaron con su consecuente número de muertes, lo que llevó a tener las mismas víctimas que los países que nunca enclaustraron a la población.

 

 

Una de las características más comprobable en las sociedades que pierden sus esperanzas de mejorar es la verificación de que se está en manos de burros y obtusos; de tercos y ciegos que siguen empecinados el camino que produjo el fracaso.

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