Vicente Massot

Mejor pájaro en mano que cien volando. Con arreglo al espíritu de este adagio podría el oficialismo explicar la razón en virtud de la cual —a diferencia de cuanto sucedió en el pasado mes de febrero— ahora la instrucción de la Casa Rosada dada a Martin Menem y a la bancada propia fue la de cerrar un acuerdo, para aprobar la ley ómnibus aun dejando en el camino jirones enteros del proyecto original. Javier Milei y su equipo decisor —Karina, Santiago y Luis Caputo, Nicolas Posse y Guillermo Francos— tomaron conciencia de que necesitaban un basamento jurídico a prueba de balas, no sólo a los efectos de darle mayor credibilidad a su gestión de puertas para adentro del país sino a poco de entender el peso de los factores de poder externos que reclamaban, desde el comienzo del mandato mileísta, más leyes y menos DNUs.

No siempre es fácil determinar con precisión por dónde comenzar un análisis semanal, como el presente, en un país -el nuestro, se entiende- donde los hechos relevantes de la política se suceden sin solución de continuidad y obran el efecto de taparse entre sí. A veces acontecimientos de entidad menor -como el aumento de las dietas por parte de una mayoría de los senadores de la Nación- oculta otro, infinitamente más relevante -las consecuencias de la nacionalización de YPF, orquestado por Axel Kicillof, que puede costarle al país U$ 16.000 MM- sin que nos demos cuenta. En la Argentina hay de todo, como en botica. Se complementan -para citar a Homero Manzi- la Biblia y el calefón, a diario.

De un lado la casa luce ordenada y todos los artefactos necesarios para que funcione parecen estar en el lugar que les corresponde. Del otro lo que prima es un desorden acusado. Allá reina la claridad mientras acá solo se recortan sombras. En una prevalece la coherencia, y una lógica precisa explica los movimientos de los funcionarios y sus decisiones. En la otra luce la confusión y la irracionalidad campea a sus anchas. No estamos describiendo el reino de la luz opuesto al de las tinieblas.

Hay asuntos que se dramatizan como si de ellos dependiese la seguridad nacional o el equilibrio estratégico subcontinental. Tras la victoria del chavismo en Venezuela y mientras el líder del socialismo bananero se mantuvo al frente de la revolución en ese país, no fueron pocos los que imaginaron que el resto de las naciones hispanoamericanas se enfrentaban a un peligro similar al que existió durante la vigencia de la Guerra Fría. Se pensaba que desde Caracas se había orquestado una estrategia similar a la que Fidel Castro, en las décadas del sesenta, setenta y ochenta del siglo pasado, desplegara desde la isla caribeña hasta nuestros confines australes.

A partir de hoy, y por espacio de al menos cuatro semanas, comenzará a definirse si el programa de gobierno diseñado y puesto en marcha por Javier Milei tendrá el respaldo del Poder Legislativo, que hasta el momento le ha sido esquivo. Lo que ha logrado en el curso de los primeros cien días de gestión el líder libertario no deja de resultar asombroso si se lo compara con cualquiera de sus antecesores en el cargo. Pero para que el déficit fiscal cero tenga solidez y sea sustentable, es imprescindible que las reformas estructurales en el área laboral, impositiva y fiscal encuentren un respaldo a prueba de balas en las dos cámaras del Congreso Nacional.

No había ninguna necesidad de levantar, a expensas de Victoria Villarruel, tamaña campaña de infundios como la que armaron -con la anuencia del presidente de la Nación, claro está- los trolls que trabajan desde antiguo al lado de Javier Milei. A tal extremo es esto verdad que, iniciada la ofensiva a tontas y a locas, sus responsables pronto cayeron en la cuenta de que -lejos de dar en el blanco- cuanto habían logrado era precisamente lo opuesto de lo planeado. Lanzado el boomerang, no sólo no le había partido la cabeza en dos a la vice sino que ahora se les echaba encima y no sabían de qué manera reaccionar.

La desidia, incompetencia, ignorancia y -hasta en algunos casos- la complicidad de la política, la Justicia y las fuerzas policiales rosarinas con el narcotráfico, han obrado una situación en esa ciudad de difícil solución. La calamidad, que se viene arrastrando desde hace décadas, fue subestimada no sólo por las autoridades santafesinas sino también por las nacionales, que se cansaron de discursear acerca del fenómeno aunque, a la hora de las decisiones, hicieron poco o nada.

El horario elegido por el presidente para pronunciar su discurso inaugural de las sesiones ordinarias del Congreso Nacional tomó por sorpresa a muchos y levantó no pocas críticas. Más allá de romper una larga tradición que, por igual, la totalidad de sus antecesores había respetado, se le objetó que llevase el comienzo de un evento de tamaña importancia, tan tarde.

Que el gobernador de Chubut y sus asesores no saben leer con detenimiento un contrato es cosa que, a la luz de cuanto ha pasado en estos días, parece fuera de duda. También que el presidente de la Nación confunde con harta frecuencia su cargo con la de un polemista desfogado.

El dramático aumento del índice que registra la pobreza entre nosotros -57,4 %- de las tarifas de los servicios públicos, de los precios de los alimentos básicos, tanto como la aparición de un severo proceso de naturaleza recesiva, el auge de los despidos a nivel nacional y la caída del poder adquisitivo, son otros tantos flagelos que resultaban predecibles antes de que Javier Milei se hiciera cargo de la presidencia de la Nación.

“Nunca digas nunca” es una sentencia que por igual se acomoda como anillo al dedo a la vida y -por lógica consecuencia- a la política. Supongamos, al menos por un momento, que tres meses atrás, en plena campaña electoral, se le hubiese hecho llegar al Vaticano el interés de Javier Milei de visitar al Sumo Pontífice. Seguramente, la sutil diplomacia vaticana habría fruncido el ceño en muestra de desagrado. La respuesta del líder libertario habría sido idéntica a la de la curia romana si acaso ésta hubiese sondeado el ánimo de Milei respecto de su voluntad de viajar a Roma y entrevistarse con Francisco.

La inquietud se deja oír en todos los rincones del país. Sin excepción a la regla, no hay quien no se la plantee: sesudos analistas y hombres del común, dirigentes partidarios y empresarios, intelectuales de distinto origen y periodistas calificados, por igual, discuten si luego de la vuelta de la ley ómnibus a comisión el gobierno perdió por efecto de su inexperiencia o si detrás de la decisión que desde Israel ordenó tomar Javier Milei lo que hubo fue un plan establecido con anterioridad a esos hechos. Antes de entrar y de salir en disputas sobre el particular, es necesario dejar en claro que nadie lo sabe a ciencia cierta. Todo lo que podemos hacer es tejer especulaciones.

Puede que exista una dosis -por momentos peligrosa- de improvisación en el gobierno libertario, pero que Javier Milei sabe dónde detenerse y es capaz de frenar su marcha antes de que sea tarde, es algo que acabamos de ver. Quienes imaginaban al presidente recién instalado como un ideólogo poco amigo de aceptar la realidad cuando ésta se daba de patadas con sus ideas, deberán reconocer cuán equivocados estaban.

En lo que va de la semana hubo dos hechos excluyentes que merecen análisis. Por un lado, el paro y acto planeados por la CGT a menos de dos meses de iniciado el mandato presidencial de Javier Milei. Por otro, el punto al cual se ha llegado en la negociación desenvuelta entre el gobierno y parte del arco opositor respecto de la ley ómnibus.

De momento, las novedades que le llegan a Javier Milei desde otras geografías no pueden ser más alentadoras. No es que el mundo entero se haya puesto de acuerdo para respaldar su gestión. Nada de eso. Pero es de hacer notar que en el curso de los últimos diez días -poco más o menos- la administración libertaria ha recibido buenas noticias del Fondo Monetario Internacional, del gobierno de los Estados Unidos, y del Vaticano.

Hay economistas que pierden el tiempo tratando de determinar, con arreglo a distintas técnicas de análisis, cuál fue la inflación del mes de diciembre del pasado año o cuál será la anualizada de 2024. Es un vicio en el que no se encuentran solos. Antes y después del triunfo de Javier Milei en el ballotage, abundaron los politólogos y los comentaristas políticos que rivalizaron en pronósticos acerca de cuánto tiempo podría durar un gobierno libertario por efecto de su escasa musculatura legislativa.

Por donde se lo analice -y hay muchas formas de hacerlo- el fenómeno protagonizado, en calidad de actor excluyente, por Javier Milei, es inédito. Nunca, que se sepa, un ilustre desconocido en el ámbito de la política, sin un partido de hondo calado que lo acompañase y con buena parte de los poderes fácticos reunidos en su contra, logró vencer a sus rivales y llegar a la Casa Rosada avalado por el 56 % de los votos, en el ballotage que disputó con Sergio Massa. Como si lo expresado fuera poco, acredita, además, una frágil musculatura en las dos cámaras del Congreso Nacional.

Cuando el presidente, por la cadena nacional de radio y televisión, hizo el anuncio del decreto de necesidad y urgencia Nº70/2023, la pregunta que se formularon todos los interesados en el tema -políticos y abogados constitucionalistas, periodistas y consultores, por igual- fue la siguiente: ¿impericia o cálculo táctico? Si se analiza el paso dado por Javier Milei con arreglo a un criterio lineal, es fácil pensar que se tiró a la pileta sin saber a ciencia cierta si en ella había o no agua.

Algunos de los economistas que durante la campaña electoral firmaron una solicitada en contra del programa expuesto por el entonces candidato Javier Milei, ahora -sin decir Agua, va- ponderan los esfuerzos del flamante presidente de la Nación para ordenar las cuentas, devolvernos la seguridad jurídica, privatizar las empresas públicas improductivas y ponerle fin al capitalismo prebendario. Distintos técnicos de los equipos que en aquellos tiempos orbitaron en derredor de Horacio Rodríguez Larreta y de Patricia Bullrich, de buenas a primeras se han acercado al espacio libertario con el propósito de ‘colaborar’.

Todo sucedió como estaba previsto. Javier Milei asumió la presidencia de la Nación y cumplió al pie de la letra cuanto había dejado trascender respecto de cómo y delante de quiénes pronunciaría su discurso inaugural. En punto al fondo, el texto fue corto, categórico y, si se quiere, intransigente. En cuanto a las formas, el jefe de los libertarios se permitió modificar una costumbre inmemorial. En lugar de dirigirse a los diputados, senadores, gobernadores y demás personalidades que poblaban los palcos y gradas del edificio del Congreso de la Nación, decidió hablarle a la gente común que había colmado la Plaza del Congreso y las calles adyacentes.

En diciembre de año 2015, a poco de asumir la presidencia, Mauricio Macri salió al balcón de la Casa Rosada y -bastón en mano- intentó bailar al ritmo de una canción pegadiza de Gilda, como si estuviese en el mejor de los mundos. Cediendo a los desatinados consejos de sus dos eminencias grises -Jaime Durán Barba y Marcos Peña-, decidió no hablar de la desastrosa herencia recibida. En su discurso inaugural, tampoco anunció un programa de shock o cosa siquiera parecida. Así le fue.

Así como no hay que tomar sin beneficio de inventario el discurso de los candi- datos, voceado en el fragor de una campaña electoral, tampoco es conveniente alarmarse por los desajustes que, inevitablemente, se producen en cualquier partido ganador entre el día del triunfo y el de la asunción del poder. Lo anterior viene a cuento de lo que ha sucedido con Javier Milei desde la madrugada del pasado día 20 del mes en curso, hasta hoy.

Llegados a esta instancia, es mucho menos importante repasar lo que ocurrió el domingo que analizar con cuidado qué puede suceder de aquí en adelante. De lo pasado, hace apenas horas es del caso apuntar algo a lo cual habíamos hecho especial referencia semanas atrás: si el comando de campaña de La Libertad Avanza lograba vertebrar una fiscalización exitosa -contando con la inestimable ayuda de la estructura macrista- llevaba todas las de ganar. Ello era lo previsible en atención al hecho de que votaría a Javier Milei el grueso de quienes lo habían hecho por Patricia Bullrich y Juan Schiaretti el 22 de octubre.

Si uno se toma el trabajo de repasar con algún detenimiento las opiniones que luego del debate del pasado día domingo vocearon los más distinguidos analistas políticos, los periodistas especializados y reconocidos encuestadores, lo que salta a la vista es que -más allá de sus preferencias ideológicas- coincidieron en que Massa había llevado la mejor parte.

De pronto, como sea, una serie de encuestas puestas en circulación en el curso de la última semana han dado lugar a una pregunta que, a esta altura, está en boca de todos aquellos que siguen el curso de las campañas presidenciales sin perder detalle.

Las cuentas están a la orden del día y no se trata de nada en lo cual tengan arte y parte los contadores o los economistas. Quienes se desviven haciendo cálculos son los equipos de campaña de los dos candidatos que disputarán el ballotage el domingo l9 de noviembre. Y también, por razones que no requieren explicación, Javier Milei y Sergio Massa.

El pasado 13 de agosto nadie imaginó que Javier Milei pudiese dar cuenta de sus adversarios. La totalidad de las encuestas y los análisis que se habían hecho acerca de las posibilidades con las que llegaban a la elección los tres candidatos, quedaron astilladas frente al tsunami libertario. Lo mismo sucedió el pasado domingo a la noche, cuando quedó claro que el candidato oficialista -que en las PASO había ocupado el tercer puesto- se imponía a expensas del León y de Patricia Bullrich sacando, a su favor, una ventaja holgada.

Hay tonterías de bulto que han echado a correr ciertos politólogos y han comprado, sin beneficio de inventario, unos cuantos periodistas, convirtiéndolas en dogmas de fe, o poco menos. La que ha cobrado proporciones de vértigo es esa, según la cual, Javier Milei -dado que, aunque ganase en primera vuelta, apenas sumaría unos cuarenta diputados y no más de nueve senadores- enfrentaría a poco de sentarse en el sillón de Rivadavia una crisis de gobernabilidad.

El debate de los candidatos pasó sin pena ni gloria. Si hubiese que definirlo en pocas palabras, sería del caso volver sobre aquella sentencia del inefable Vicente Leónidas Saadi cuando le tocó debatir, televisivamente, con el canciller alfonsinista, Dante Caputo: “-Pura cháchara”. Por momentos, los candidatos lucían mal y el nivel de la discusión equivalía -si se entiende la comparación- al de las divisas atesoradas en el Banco Central. Nada que sorprendiese en atención al formato acartonado del evento.

Si un escándalo como el que estalló hace una semana en la legislatura bonaerense hubiese tenido lugar en los Estados Unidos, Alemania o el Reino Unido -para citar, al voleo, tres naciones en las cuales el tinglado institucional es algo más que un continente sin contenido- las consecuencias de tamaño latrocinio se habrían hecho notar de inmediato, y es seguro que las renuncias de los funcionaríamos públicos involucrados estarían a la orden del día.

Hay tres maneras diferentes de evaluar las posibilidades electorales de un determinado candidato: con base en las encuestas, con arreglo a la razón, o tomando en consideración la sensación ambiente. Cuando aún no se habían puesto de moda, entre nosotros, los relevamientos de opinión pública -y eso fue así hasta los comicios que en el año 1983 consagraron presidente a Raúl Alfonsín- cuanto se estilaba hacer eran apreciaciones, de suyo conjeturales, en donde primaba el análisis racional. Los datos cuantitativos no existían.

 

No hay botón que Massa no haya tocado, medida que no haya implementado y decisión que no haya adoptado para dotar de musculatura a su Plan Platita. Metió mano en las jubilaciones, el impuesto a las Ganancias, el IVA y tantos otros lugares dejando al descubierto -por si existiesen dudas- que el propósito de estar en el ballotage justifica echar mano a cualquier recurso. Que el agujero fiscal que produzca sea de una dimensión colosal, lo tiene sin cuidado.

La espectacular victoria obtenida por el candidato de Juntos por el Cambio en la provincia de Santa Fe -con la particularidad de que fue más holgada de lo que todos esperaban- ha llenado de júbilo a Patricia Bullrich y, en general, al grueso de los miembros de esa coalición. Está bien que así sea, a condición de entender que la excelente performance de Maximiliano Pullaro, si bien permite ilusionarse con la posibilidad de una seguidilla de triunfos en las provincias de Chaco y Mendoza -algo que está en la cabeza y los planes de los estrategas de campaña cambiemitas- no admite, en cambio, extrapolar votos que son estrictamente de carácter provincial al ámbito nacional.

Hubo, en el curso de la semana pasada, una coincidencia entre tres figuras políticas de distinta relevancia, que a nadie medianamente informado en los avatares de la política le pasó desapercibida. Lo notable del caso es que, entre ellos, no se pusieron de acuerdo para confesar en público lo que dijeron y -con toda seguridad- no especularon en lo más mínimo al adelantar su voto. Omar Perotti, el gobernador de Santa Fe; Maximiliano Pullaro su sucesor si en los comicios del próximo domingo no ocurre un milagro, y Martín Tetaz, el economista más mediático del equipo de Patricia Bullrich -fuera de Carlos Melconian- se inclinaron por Javier Milei en una eventual segunda vuelta en donde sus candidatos no compitiesen.

Pocas veces, si acaso alguna, una institución financiera debe haber redactado un informe tan lapidario sobre la situación de un determinado sujeto de crédito como el que acaba de hacer público el Fondo Monetario Internacional respecto de nuestro país. 

No está escrito en ningún lado que el pasado día domingo se haya producido un punto de inflexión en la historia de nuestro país. Ni el peronismo se halla a punto de desaparecer, ni tuvo lugar una revolución que puso patas para arriba el sistema político criollo, ni hubo un tsunami que arrasó unas estructuras obsoletas para edificar, sobre sus escombros, un tinglado nuevo.

Para los repetidores de frases hechas, que entre nosotros abundan, la mención del cisne negro es un clásico. El concepto se usa -indistintamente- para un fregado como para un barrido ideológico, aunque pocos, si acaso alguno de los que lo mentan, se hayan tomado el trabajo de leer el libro excepcional de Nassim Nicholas Taleb en donde desarrolla su teoría, con base en una metáfora, susceptible de explicar el conocimiento -de suyo limitado- que caracteriza al ser humano.

En las últimas horas del próximo domingo tendremos una radiografía seria y cierta de dónde está parado electoralmente nuestro país. Sabremos, sin lugar a dudas, cual es la musculatura real de cada uno de los candidatos que anhelan sentarse en el sillón de Rivadavia a mediados de diciembre. Podremos evaluar qué encuestas merecen ser tenidas en cuenta de cara a los comicios generales del mes de octubre y cuáles se habrán hecho acreedoras a una deshonrosa jubilación.

Sucedió lo que estaba cantado y, por lo tanto, a nadie medianamente informado puede sorprenderlo. El staff del Fondo Monetario Internacional dio la luz verde para desembolsar unos U$ 7.500 MM a nuestro país. El monto está dentro de la lógica de las cosas: se trata, en definitiva, de asientos contables que otorgan la posibilidad al fisco nativo de recuperar los pagos correspondientes a julio -que se pagará hoy con yuanes y un crédito puente, gestionado de emergencia, con la Corporación Andina de Fomento, acompañado de una operación colateralizada con una porción de las tenencias de oro- y a agosto que habrá de efectivizarse en los próximos días.

Daría toda la impresión de que algunos de los distintos protagonistas de la política criolla y parte de la sociedad sólo miran el canal que les interesa y se desentienden del resto. Como rezaba la cancioncilla, que acompasaba un juego de chicos, tantos y tantos años atrás, “Antón, Antón, Antón pirulero, cada cual, cada cual, atiende su juego…”. Lo expresado no pretende ser un juicio de valor. Es sólo la descripción de un fenómeno muy acusado, cuyas consecuencias, de momento, ignoramos.

No existe otro parámetro conocido para medir la musculatura electoral de los candidatos presidenciales y de todos cuantos, en el curso de este año, dirimirán supremacías por algún cargo electivo, que no sean las encuestas. Salvo, claro, que uno apele a la intuición o deje volar la imaginación.

La falta de seriedad está a la vista y paciencia de todos, y no se crea que resulta patrimonio exclusivo de estas tierras. Es cierto que nuestros políticos no se caracterizan -salvo excepciones- por su consistencia intelectual, pero tampoco lo es menos que los funcionarios del Fondo Monetario Internacional y los representantes de los países que integran su directorio, o son unos improvisados o, lisa y llanamente, comparten con Groucho Marx su más célebre aforismo: Tengo mis principios; claro que, si no son de su agrado, confieso que tengo otros.

Bastó que se diera de baja la candidatura improvisada de Wado de Pedro y que Cristina Kirchner diera -menos por convicción que por necesidad- el visto bueno a Sergio Massa -a La Cámpora y al actual ministro de Economía no los une el amor sino el espanto- paraque muchos analistas se preguntaran si el oficialismo, con un postulante más potable que el representante de la ‘generación diezmada’, no está ahora en condiciones de ganar las elecciones presidenciales que se substanciarán, por etapas, en agosto, octubre y en noviembre, si acaso hubiese una segunda vuelta.

Si lo hubiesen querido hacer peor, no lo hubieran logrado. Cuanto comenzó con una fórmula presidencial nonata -que rozaba el ridículo- terminó con otra que, aun cuando tenga más consistencia que la primera, de todas formas no mueve demasiado el amperímetro. El hermetismo en el que se había encerrado Cristina Fernández y la tardanza prolongada -más de la cuenta- para anunciar cómo estaría formada la dupla presidencial hablaban a las claras de una crisis de conducción que aqueja al oficialismo desde largo hace.

Lo que sucedió en San Salvador de Jujuy no ha sido la primera etapa de un plan insurreccional que habrá de escalar cuando el próximo gobierno -que no será kirchnerista- ponga en ejecución las reformas estructurales de las cuales vienen hablando -desde hace rato- tanto Patricia Bullrich como Horacio Rodríguez Larreta y Javier Milei.

Hasta el momento se han substanciado, a lo largo y ancho del país, diez elecciones en donde estaban en juego otras tantas gobernaciones. En sólo dos provincias -Neuquén y San Luis- perdieron los oficialismos. Con base en esta evidencia hay quienes han cedido a la tentación de extrapolar los datos y tenerlos por válidos a la hora de hacer un pronóstico respecto de los comicios nacionales que se nos vienen encima. Pero, por relampagueantes que sean los números del interior, no hay razón que justifique su proyección fuera de los límites de cada uno de esos diez estados.

Si Gerardo Morales y Horacio Rodríguez Larreta hubiesen urdido un plan -válido en términos teóricos aunque contraproducente en términos electorales- para que escalase la tensión entre los dos principales contendientes en la interna de Juntos por el Cambio, ciertamente no habrían podido ponerlo en marcha en mejor momento que este. El timing ha sido perfecto y el motivo de la disputa ha resultado de peso, en atención al hecho de que cuanto se debate no es un detalle insignificante o una cuestión menor.

En 2015 Cristina Kirchner decidió, sin consultarle a nadie, que fuese Daniel Scioli el candidato a presidente del Frente de Todos. Aunque no tenía razones valederas para dudar de la lealtad del entonces gobernador bonaerense, se encargó de blindar la fórmula con el nombramiento de Carlos Zannini como su vice.

En un país con instituciones tan endebles como el nuestro, cuanto importa no es tanto el estado de derecho como la relación de fuerzas existente en un determinado momento o período histórico.

La desesperación es siempre una mala consejera. El oficialismo kirchnerista, prácticamente sin excepciones a esta regla, demuestra a diario que no sabe a qué atenerse, y como no tiene un plan de acción destinado a colocarse al amparo del vendaval que amenaza pasarlo por encima, obra a tontas y a locas. En realidad, el gobierno se parece a una bola sin manija que va de acá para allá, sin un norte fijo, al compás de quien la impulse en ese momento: Cristina Fernández, Sergio Massa o el presidente de la Nación, cuando lo dejan actuar de manera independiente.

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