Opinión

Una agrupación política, una alianza, un líder carismático, con su elección interna o a puro dedo índice, puede hacer de alguien el Presidente de la Nación. Puede ponerlo, pero ya no puede sacarlo hasta que finalice su mandato.

 

El hijo de la vicepresidenta fastidia y ofende a los porteños con la dictadura; más le valdría propiciar una autocrítica del peronismo sobre los derechos humanos

 

Con una economía que experimenta una escalada inflacionaria que el Gobierno se empecina en profundizar, una situación social alarmante que, como consecuencia de lo anterior, está destinada a empeorar y una crisis en la coalición gobernante que encuentra al Presidente debilitado, aislado y mendigando unidad, a menos que se produzca un súbito y efectivo cambio en el comportamiento de los principales actores, corremos el riesgo de que se dispare una nueva crisis de gobernabilidad cuyas dimensiones e impactos son difíciles de pronosticar.

 

En los actos de recuerdo y repudio al golpe militar de 1976, el diputado dijo ayer que la Capital Federal vota a quienes quieren olvidar los crímenes de la dictadura. Es un tremendo yerro histórico que elude recordar la propia historia del peronismo de los últimos cuarenta años

 

El periodista sabía que la dictadura lo seguía de cerca: había adoptado diversos disfraces y vivía en una casa austera en San Vicente, sin agua ni corriente eléctrica; los militares lo llamaban “el fantasma Walsh”

 

La crisis política del gobierno es indisimulable. Las posiciones más duras provienen de su interior. Los acontecimientos legitiman aquello de un "albertismo" moderado contrastando con un "cristinismo" intransigente.

 

El 24 de marzo es la fecha que los argentinos instauramos como Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia, cuyo objetivo es consolidar la memoria colectiva de la sociedad, frente a todo tipo de autoritarismos, buscando de defensa permanente del estado de derecho y la vigencia de los derechos humanos. (surge de la ley 25.633).

 

Y un buen día, luego de su sinfín de tiras y aflojes; de repetir escenas de celos y no dirigirse la palabra mutuamente; de discutir a grito pelado dentro de cuatro paredes; de hablar mal del otro a hurtadillas y simular en público que las riñas existían pero que eran -después de todo- normales, como en cualquier matrimonio, Alberto Fernández y Cristina Kirchner decidieron ventilar, de puertas para afuera, una separación que se veía venir.

 

Los balbuceos en inglés del canciller y la grosería con que insultó a un periodista exponen un problema de fondo: la degradación formativa e intelectual de los funcionarios, que suele terminar asociada a una degradación ética

 

La moderación nunca estuvo en el diccionario de Cristina. Y el rey se quedó desnudo. “La vida me puso aquí, ¿qué querés que haga?”, le dijo el Presidente a un periodista. La realidad es que la vicepresidenta lo puso ahí, pero ahora Fernández debe decidir si asume contra los designios de ella la letra constitucional

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