Opinión

 

Y un buen día, luego de su sinfín de tiras y aflojes; de repetir escenas de celos y no dirigirse la palabra mutuamente; de discutir a grito pelado dentro de cuatro paredes; de hablar mal del otro a hurtadillas y simular en público que las riñas existían pero que eran -después de todo- normales, como en cualquier matrimonio, Alberto Fernández y Cristina Kirchner decidieron ventilar, de puertas para afuera, una separación que se veía venir.

 

Los balbuceos en inglés del canciller y la grosería con que insultó a un periodista exponen un problema de fondo: la degradación formativa e intelectual de los funcionarios, que suele terminar asociada a una degradación ética

 

La moderación nunca estuvo en el diccionario de Cristina. Y el rey se quedó desnudo. “La vida me puso aquí, ¿qué querés que haga?”, le dijo el Presidente a un periodista. La realidad es que la vicepresidenta lo puso ahí, pero ahora Fernández debe decidir si asume contra los designios de ella la letra constitucional

 

Está claro que una sociedad frustrada debe ser inspirada. Requiere un líder. Requiere un clima de época concluyente para las reformas indispensables. Hoy parece todo lejano.

 

Algunas características constitutivas de la “dupla Fernández”, eran más que evidentes desde que se formó la misma bajo los auspicios de uno de los tantos caprichos de Cristina, quien constituye un penoso modelo de obsesiones psicológicas enfermizas.

 

Las sociedades occidentales son un revoltijo de libertad y vulgaridad, generosidad y mezquindad, creatividad y superficialidad, pero no pretenden obligar a nadie a ser un pueblo, un país, una cultura, al mando de un jefe, claro

 

En la votación con respecto al acuerdo con el FMI no se trataba de mostrar quién era más opositor. Lo que se debía hacer es pensar en nuestros compatriotas, que habrían vivido en condiciones todavía peores si entrábamos en default

 

El poder se ha hecho vidrioso, inasible. Si la Argentina fuera un país parlamentarista, buena parte ya estaría en manos opositoras, pero, por desgracia, sigue siendo presidencialista. 

 

La doctora K creó a Amado vicepresidente, Aníbal gobernador, Alberto presidente y ahora acaba de votar en contra del mismo gobierno que inventó.

 

Pertenece a un mundo inolvidable y crepuscular de la política, y sin embargo no se ha recluido en su biblioteca –es un lector omnívoro– ni en su confortable mitología personal; al contrario, se preocupa día y noche por hablar cara a cara con los protagonistas del momento a ambos lados del océano y, sobre todo, a estudiar en detalle los candentes vaivenes de América Latina.

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